En un festival donde los sabores se multiplican y cada stand cuenta una historia distinta, el espacio dedicado a Guanajuato en Sabor es Polanco 2026 se siente como una visita al bajío.
Entre copas de vino, destilados y el aroma de las salsas recién molidas en molcajete, el estado invitado llega a esta edición con la intención de compartir algo más que platillos: una experiencia completa de su identidad gastronómica.

Para David Ayala, subsecretario de Identidad y Desarrollo Turístico del estado, la presencia en el festival es una oportunidad para acercar esa diversidad culinaria a nuevos públicos.
“Para nosotros es una oportunidad increíble porque es aquí donde venimos a compartir un pedacito de Guanajuato, a través de su gastronomía, pero también de sus destilados, de sus vinos y de su cocina tradicional”, explica.
El stand funciona como un pequeño recorrido por el estado. Hay catas de vino provenientes del Valle de la Independencia —una región que ha ganado reconocimiento internacional—, degustaciones de tequila y mezcal, y también talleres donde los visitantes pueden involucrarse con la cocina tradicional.

Uno de los momentos más curiosos es la experiencia que combina mezcal con chilcuague, una raíz que produce una ligera sensación de adormecimiento en la boca y que transforma la forma en que se perciben los sabores del destilado.
Pero el espacio no se limita a beber y probar. A lo largo del día se realizan experiencias donde los asistentes pueden preparar salsas en molcajete, aprender sobre ingredientes endémicos o incluso conocer el arte detrás de la elaboración y decoración del sombrero, una tradición que forma parte de la identidad artesanal del estado.

Entre las cocinas tradicionales presentes se encuentra una de las preparaciones más simbólicas de la región: la tortilla ceremonial. Elaborada con moldes heredados de generación en generación y teñida con pigmentos naturales de plantas como el muicle, esta tortilla es parte de una tradición otomí que se utiliza en celebraciones y ofrendas.

La cocinera encargada de compartir esta herencia explica que estos moldes familiares han pasado por varias generaciones y que el objetivo de presentarlos en el festival es mantener viva la tradición y mostrar la riqueza de las cocinas originarias.
En su mesa, las tortillas acompañan platillos como tortitas de camarón con nopales o frijoles cocidos a la leña, preparaciones sencillas que revelan el carácter profundo de la cocina regional.
El resultado es un espacio que invita a quedarse. Entre degustaciones, talleres y relatos de cocina ancestral, el stand de Guanajuato se convierte en uno de los puntos donde el festival se transforma en algo más que un recorrido gastronómico: una invitación a viajar.
Después de todo, como resume Ayala, la mejor manera de entender el estado es experimentarlo directamente. “La recomendación es ir a vivirlo”, dice. Y, por lo visto en el festival, el primer paso puede comenzar con un bocado y un trago.
