Cada enero se repite la escena. Agendas nuevas, propósitos ambiciosos, listas interminables de todo lo que “ahora sí” vamos a lograr. Comer mejor, movernos más, ser más productivas, más pacientes, más disciplinadas. Enero se convierte en una especie de examen personal donde pareciera que, si no cambiamos de inmediato, algo está mal con nosotras.
Pero tal vez la pregunta no es por qué fallamos, sino desde dónde estamos intentando cambiar.
La mayoría de las mujeres no abandona sus objetivos por falta de voluntad. Abandona porque empieza desde la fantasía y no desde la realidad. Diseñamos rutinas perfectas para vidas que no existen: horarios rígidos, energía infinita, cero cansancio, cero emociones incómodas. Y cuando la vida real aparece —el trabajo, los hijos, el cuerpo cansado, la mente saturada— el plan se rompe. No porque seamos débiles, sino porque era insostenible desde el inicio.
Otro error común es querer cambiarlo todo al mismo tiempo. El cuerpo, la alimentación, el trabajo, las emociones, las relaciones. El cerebro no interpreta eso como motivación, sino como amenaza. Entra en modo saturación. Y cuando se satura, se protege abandonando.
A esto se suma una exigencia silenciosa que muchas mujeres cargamos: si fallas una vez, ya fallaste todo. Un día sin ejercicio, una comida fuera del plan, una semana caótica, y aparece la culpa. “No sirvo para esto”, “siempre empiezo y nunca termino”. Ahí no se rompe el hábito, se rompe la relación con nosotras mismas.
El cambio real no funciona así.
Los hábitos que sí se quedan no nacen de metas grandes, sino de acciones pequeñas. Tan pequeñas que no asusten. Caminar diez minutos. Tomar agua al despertar. Dormir media hora antes. Escribir una frase al día. Acciones que caben incluso en los días difíciles. Eso es clave: un hábito sostenible es el que se puede sostener cuando no todo está bien.
Más que preguntarnos si ya vemos resultados, quizá deberíamos preguntarnos si hoy hicimos lo mínimo posible. Ese mínimo no negociable que mantiene la cadena intacta. Porque la constancia no es hacerlo perfecto, es no desaparecer cuando la vida se complica.
Enero no necesita ser heroico. Necesita ser honesto. Un mes donde el cambio no se mida por lo espectacular, sino por lo posible. Donde el cuerpo no sea un enemigo a corregir, sino un aliado al que escuchar. Donde la disciplina no sea castigo, sino cuidado.
Tal vez el verdadero propósito no es transformarnos de golpe, sino dejarnos cambiar poco a poco. Porque el cambio lento, aunque no se presuma, es el único que de verdad se queda.
Te propongo algo simple:
elige un solo hábito pequeño que puedas sostener durante los próximos siete días. No el ideal, no el perfecto. El posible. Escríbelo, colócalo en un lugar visible y hazlo tu mínimo no negociable.
No para demostrar nada a nadie, sino para empezar a construir una relación más amable contigo misma. Porque el cambio que nace desde el cuidado —y no desde la exigencia— es el que verdaderamente transforma.
