El año 2026 coloca a Querétaro frente a una disyuntiva clave, consolidar su dinamismo económico sin comprometer de manera irreversible su capital natural. El acelerado crecimiento urbano, industrial y poblacional ha generado presiones ambientales que ya no pueden considerarse problemas del futuro, sino desafíos inmediatos que exigen respuestas estructurales, integrales y sostenidas.
El agua se mantiene como el principal foco de atención. La sobreexplotación de los acuíferos, que suministran buena parte del consumo urbano e industrial, ha reducido su capacidad de recuperación y aumentado la vulnerabilidad ante sequías prolongadas. La dependencia de infraestructuras de trasvase, como el Acueducto II, ha permitido ganar tiempo, pero no ha resuelto el problema de fondo. El modelo de gestión de agua se basa en el uso intensivo del recurso, con pérdidas en redes de conducción, un bajo aprovechamiento de agua tratada y una débil cultura de ahorro. En 2026, el reto ya no es solo ampliar la oferta, sino gestionar la demanda, proteger zonas de recarga y garantizar equidad en el acceso.
Otro frente crítico es la calidad del aire, particularmente en la zona metropolitana. El incremento del parque vehicular, la expansión urbana dispersa y la actividad industrial han contribuido a mayores concentraciones de contaminantes. Avanzar hacia transporte público limpio, ciudades más compactas y control efectivo de emisiones industriales es una tarea impostergable.
La gestión de residuos sólidos refleja también las contradicciones del crecimiento. La generación de residuos urbanos ha aumentado a un ritmo superior a la capacidad de reciclaje y valorización. Si bien existen iniciativas de economía circular y tratamiento de residuos, su alcance sigue siendo insuficiente. El reto es pasar a políticas de escala metropolitana que reduzcan la disposición final y fomenten la corresponsabilidad ciudadana y empresarial.
Finalmente, los impactos del cambio climático (lluvias intensas, inundaciones y periodos de sequía con calor extremo) evidencian la fragilidad de la infraestructura urbana y la necesidad de una planeación con enfoque de resiliencia. Querétaro enfrenta en 2026 el desafío de adaptarse a un clima más impredecible sin profundizar en desigualdades sociales.
En suma, los retos ambientales del estado no son aislados, sino síntomas de un modelo de desarrollo que se ha agotado, a los cuales hay que agregar los derivados de un proyecto como el tren México–Querétaro, como son el ordenamiento territorial y la fragmentación de ecosistemas. Todo ello obliga a replantear el modelo de desarrollo estatal bajo una lógica de sostenibilidad, planeación territorial y mitigación de impactos ambientales.
El futuro de Querétaro dependerá de su capacidad para integrar crecimiento económico, justicia social y sostenibilidad ambiental en una misma visión de largo plazo.
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