Durante años se nos dijo que la indignación era el motor del cambio. Que señalar, denunciar, exhibir y confrontar iba a despertar conciencias y mover voluntades. Y durante un tiempo funcionó. Pero parece que hoy, no tanto.
No porque los problemas hayan desaparecido, sino porque se acumulan. Demasiados al mismo tiempo. Demasiadas alertas, demasiadas urgencias, demasiadas causas compitiendo por la misma atención. El resultado va más allá de la indiferencia, se vuelve saturación. Basta abrir nuestra red social preferida para encontrar ese congestionamiento digital.
Me decía un amigo consultor: “cada día trae su propia crisis”. Un escándalo reemplaza al anterior antes de que el primero termine de entenderse. Todo es grave, todo es histórico, todo exige reacción inmediata. Y cuando todo se comunica como excepcional, lo excepcional deja de sentirse como tal.
Por eso la indignación pierde fuerza. No porque ya no importe, sino porque la capacidad de asombro se erosiona. Para llamar la atención hay que gritar más fuerte, exagerar más, dramatizar más. Y aun así, dura poco.
Aquí aparece una paradoja incómoda para la política, los gobiernos y también para los medios. Comunicar más no necesariamente significa comunicar mejor. De hecho, muchas veces produce el efecto contrario. Saturar cansa. Forzar urgencia desgasta.
Por eso empiezan a ganar terreno los mensajes sobrios, los liderazgos que no dramatizan todo, las narrativas que bajan el volumen. No porque sean más carismáticas, sino porque son más respirables. En un entorno saturado y asfixiante, la moderación se vuelve una bocanada de oxígeno.
La conversación pública necesita pausas. Espacios donde no todo sea urgente, donde no todo exija tomar partido de inmediato.
En filigrana:
Hoy 5 de febrero es una buena fecha para recordar que las constituciones no están pensadas para los días fáciles, están hechas para los momentos en que el poder se siente tentado a ir más allá. Por eso siguen siendo necesarias.
