Durante casi 30 años, México renunció al tren de pasajeros y apostó todo a la carretera. Hoy, el proyecto del Tren México–Querétaro no solo promete reducir tiempos de traslado, sino que pone a prueba la capacidad del Estado —federación, estado y municipios— para corregir una decisión histórica y construir movilidad con visión de futuro.
Un regreso con historia
México vuelve a subirse al tren. Y no es una metáfora menor.
Durante décadas, el ferrocarril de pasajeros fue parte esencial de la vida nacional. En el corredor México–Querétaro, el servicio operó de manera regular desde finales del siglo XIX y durante gran parte del siglo XX, con trenes diarios que conectaban ambas ciudades en trayectos de entre 4 y 6 horas.
Esta etapa concluyó a mediados de los años noventa, cuando durante el gobierno del presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, y en un contexto internacional de liberalización económica, se privatizó el sistema ferroviario nacional y se canceló el servicio de trenes de pasajeros entre 1995 y 1997, privilegiando el transporte de carga.
La decisión, aunque alineada con la lógica económica de la época, desmanteló una red centenaria sin ofrecer una alternativa de movilidad masiva, cuyos efectos persisten hoy en la saturación del corredor México–Querétaro.
El proyecto hoy
Más de tres décadas después, el Tren México–Querétaro busca corregir esa omisión histórica.
El proyecto contempla una línea de aproximadamente 226 kilómetros, con trenes capaces de alcanzar velocidades cercanas a 200 km/h, lo que permitiría reducir el tiempo de traslado a entre 90 y 110 minutos.
La demanda estimada oscila entre 6 y 10 millones de pasajeros al año, lo que lo convertiría en uno de los corredores ferroviarios de pasajeros más relevantes del país. Actualmente, la obra registra alrededor de 8% de avance, con trabajos preliminares de ingeniería, trazo y liberación de derechos de vía.
Un corredor saturado
La ruta no es casual. El corredor México–Querétaro es uno de los más dinámicos y congestionados del país. La saturación crónica de la carretera federal 57 refleja el agotamiento de un modelo que apostó casi exclusivamente al transporte carretero.
En este contexto, el tren no aparece como un lujo, sino como una infraestructura estratégica para mejorar movilidad, competitividad y calidad de vida.
Cuando el tren sí cambia países
La experiencia internacional es clara.
Japón es el referente más sólido. Desde la puesta en marcha del Shinkansen en 1964, el país construyó una red de más de 3,000 kilómetros, con velocidades de hasta 320 km/h, niveles de puntualidad superiores a 99% y cientos de millones de pasajeros transportados cada año.
España siguió una ruta similar desde 1992 con el AVE, superando los 4,000 kilómetros de red, conectando ciudades medias, reduciendo dependencia del transporte aéreo y fortaleciendo economías regionales.
En ambos casos, el tren no solo redujo tiempos de viaje: reordenó el territorio y la actividad económica.
La corresponsabilidad local
Un tren de pasajeros no transforma por sí solo. El gobierno estatal y los municipios donde se ubicarán las estaciones tienen una responsabilidad directa en la adecuación de vialidades, accesos, transporte público alimentador, seguridad y ordenamiento urbano.
Sin esta coordinación, el proyecto corre el riesgo de operar eficientemente en las vías, pero fallar al llegar a la ciudad. Un tren moderno no puede desembocar en entornos mal conectados.
Costos y expectativas
La inversión estimada del proyecto se ubica en un rango de 144,000 a 160,000 millones de pesos, cifra sujeta a ajustes conforme avance la ingeniería de detalle.
Más allá del debate presupuestal, la pregunta de fondo es otra: cuánto ha costado —y seguirá costando— no contar con una alternativa ferroviaria moderna en uno de los corredores más importantes del país.
Un punto de inflexión
El mayor reto será cumplir. Ejecución, coordinación entre niveles de gobierno y continuidad serán claves para que el proyecto no quede a medias.
Si se consolida con visión de largo plazo, el Tren México–Querétaro puede marcar el regreso real del ferrocarril de pasajeros en México. No como nostalgia, sino como una decisión estratégica de futuro.
