Opinión

Ya las encuestas dicen quién va a ganar.

Daniel Dorantes Guerra
Daniel Dorantes Guerra /Cortesía

En la semana, en una reunión de amigos, alguien lo dijo muy seguro, como si ya no hubiera nada que discutir, y luego soltó una pregunta que me hizo más ruido: “Entonces, ¿para qué hay elecciones?”, lo dijo serio, y me dejó pensando.

Y la verdad es que entiendo por qué lo sienten así: abres redes y te llueven encuestas, nombres, porcentajes y hasta pronósticos de quién ganará. Se comparten como si fueran marcador final, pero una cosa es comentar números y otra muy distinta es creer que ya se escribió la historia.

Porque una encuesta no es una elección. Es, a lo mucho, una foto del momento, sirve para ver cómo anda el ánimo hoy, no para dar por hecho el final. Mide intención, no votos, y la intención cambia; cambia cuando se registran candidaturas reales, cuando los partidos pasan por sus procesos internos, cuando arrancan precampañas y campañas, y cuando la gente compara. Por eso pienso que hay que tomar las encuestas como lo que son: una señal, no una sentencia.

La vida tampoco se queda quieta, el país, el estado y los municipios traen su propio ritmo; una semana es calma y a la siguiente todo se mueve: seguridad, economía, un problema local, una decisión de gobierno, el mismo humor de la calle, todo eso cuenta, y ninguna encuesta puede meter el mundo entero en una sola cifra.


También hay que decirlo bien claro: no todas las encuestas son iguales. Hay casas distintas y métodos distintos, unas son cara a cara, otras telefónicas, otras digitales; cambian las muestras, las preguntas, las fechas. Y aquí está un primer filtro para no engancharnos de más: ¿quién va arriba… o cuánta gente todavía no decide? Yo pienso que ese número, muchas veces, dice más que el primer lugar.

Y hay otro factor que conviene tener en mente: las encuestas también influyen (efecto bandwagon). A veces generan un “efecto arrastre”, cuando alguien se inclina por quien va arriba solo porque va arriba; y a veces pasa al revés, cuando se apoya al que va abajo. No lo digo para alarmar, lo digo para que no decidamos por impulso. Los números orientan, pero la decisión es de la ciudadanía.

Y otro detalle, como la elección de 2027 es de esas donde se eligen cargos federales y locales, hay algo que conviene tener presente: a veces circulan encuestas que mezclan ambos niveles, y si no te dicen con claridad qué están midiendo, puedes terminar comparando peras con manzanas. En estos temas, lo sano es ver qué mide, cuándo se levantó y cómo se levantó, antes de emocionarse o enojarse.

Entonces, cuando alguien me dice “ya está decidido”, la verdad es que yo lo tomaría con calma. Las encuestas informan, sí, pero no sustituyen lo que pasará en campaña y, sobre todo, no sustituyen el momento más importante: cuando la gente vota.

Por eso vuelvo a la pregunta de la comida: ¿para qué hay elecciones? Para convertir opiniones en decisiones, para que la ciudadanía, y nadie más, tenga la última palabra. Porque al final ninguna encuesta vota, votan las personas.

Eso es La Caja Negra.

Cuando entiendes el sistema, dejas de ser rehén de él.

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