Durante años, a las mujeres se nos ha enseñado a ser fuertes en silencio. A sostener familias, trabajos, cuidados y emociones sin detenernos demasiado a preguntar cómo estamos.
A resolver, a aguantar, a seguir. Pero hoy, con mayor claridad y conciencia, sabemos algo esencial: ninguna mujer debería cargar sola con todo.
Esta realidad se repite todos los días en las colonias. Mujeres que madrugan, que cuidan a otros antes de cuidarse, que enfrentan duelos, violencias o incertidumbres sin una red clara que las acompañe. No es falta de capacidad ni de voluntad; muchas veces es falta de apoyo.
Los datos confirman lo que se siente en la vida cotidiana. En México, de acuerdo con el INEGI, más del 50% de la población adulta presenta síntomas de ansiedad y alrededor del 15% reporta síntomas de depresión.
Estas cifras no son frías estadísticas: hablan de cansancio acumulado, de sobrecarga emocional y de una vida que muchas mujeres sostienen sin pausa. Y en ese contexto, las redes de apoyo dejan de ser un ideal y se convierten en una necesidad urgente.
Diversos estudios sobre bienestar comunitario coinciden en algo fundamental: las redes de apoyo entre mujeres reducen el aislamiento, previenen la violencia emocional y fortalecen la resiliencia individual y colectiva. Cuando una mujer sabe que no está sola, mejora su autoestima, toma decisiones con mayor seguridad y cuida mejor su salud emocional.
El acompañamiento no anula la fortaleza personal; la multiplica.
En Querétaro, el trabajo en territorio lo ha demostrado. Cuando las mujeres se organizan en sus colonias —a través de círculos de escucha, talleres, redes vecinales o proyectos comunitarios— el tejido social se fortalece.
Estas redes permiten detectar a tiempo situaciones de riesgo, acompañar procesos difíciles y generar entornos más seguros para niñas, niños y familias. Lo que empieza como una conversación se convierte en cuidado colectivo.
El amor propio, entonces, no es solo un acto individual. También es un acto comunitario. Se construye cuando una mujer sabe que puede pedir ayuda sin ser juzgada, cuando encuentra otras voces que la sostienen, cuando descubre que su historia importa. Amarse también es dejarse cuidar.
Las comunidades más sanas no son las que no tienen conflictos, sino las que saben acompañarse. Y en ese cuidado cotidiano, las mujeres juegan un papel fundamental: como cuidadoras, sí, pero también como líderes, como constructoras de vínculos, como el corazón que mantiene viva a la comunidad.
