Hay dos conflictos en el Medio Oriente. Uno se libra con misiles y drones. El otro, con imágenes fabricadas, narrativas y el algoritmo como el otro campo de batalla. En los dos, el resultado está siendo el mismo.
En La Diplomacia, Kissinger advertía que el poder de una nación no se mide solo por su capacidad militar, sino por su habilidad para moldear la percepción de los otros actores en el tablero. Lo escribió en 1994. En el Medio Oriente en llamas, esa idea cobra vigencia brutal.
Mientras la Operación Epic Fury desplegaba su poderío sobre Irán, el Pentágono activaba otra maquinaria, la de la imagen. Videos de alta resolución, tomas satelitales, declaraciones calibradas para los ciclos informativos globales. Cada pieza visual diseñada para cumplir una función: mostrar precisión, proyectar dominio, cerrar el espacio narrativo antes de que el adversario pudiera siquiera reaccionar.
Irán intentó jugar el mismo juego. Y ahí está el problema.
La televisora estatal IRIB TV1 transmitió imágenes de misiles explotando sobre el mar como si fueran del conflicto actual. Una búsqueda básica reveló que correspondían a lanzamientos rusos en el Mar Negro, grabados en 2022. No fue un caso aislado. En TikTok y Telegram, cuentas pro-iraníes inundaron las redes con IA, el Aeropuerto Ben Gurión en llamas, ciudades israelíes que en realidad nunca fueron tocadas.
Esta es la guerra de desinformación dentro de la guerra. Y en ella la asimetría es tan brutal como en el campo de batalla. La desinformación eficaz requiere algo más que tecnología.Kissinger también decía que los grandes estadistas no reaccionan ante los hechos, sino que los anticipan y los enmarcan. Lo que antes era dominio de la propaganda de guerra, moldear la moral y la narrativa del adversario, hoy se despliega algorítmicamente a escala global. Estados Unidos no sólo tiene mejores armas: tiene mejor narrativa. Cada acto militar es también un mensaje.
La guerra psicológica no es nueva. Lo nuevo es la velocidad y la escala.
Filigrana
A poco menos de 100 días del Mundial 2026, el fútbol mexicano perdió a uno de sus arquitectos. Don Rafael del Castillo Ruiz. Presidió la FMF, el periodo en que México organizó el Mundial del 86 tras la renuncia de Colombia. Fue él quien, junto a Guillermo Cañedo, convenció a la FIFA, y comandó las inspecciones tras el terremoto del 85 para demostrar que los estadios estaban en pie. México fue sede. El torneo fue histórico. Maradona se hizo leyenda en suelo mexicano. Apenas el 12 de febrero, la FMF develó su retrato en el Salón de Presidentes. Descanse en paz, Don Rafael. Vaya un abrazo a Rafael Castillo Torre de Mer, quien lleva y honra bien el nombre de su padre.
