Opinión

El arte de no decir todo lo que se piensa

Columnista Héctor de Mucha
Columnista Héctor de Mucha /Cortesía

Vivimos en la era de la incontinencia verbal. En un mundo hiperconectado, donde el éxito parece medirse por la velocidad de la respuesta y la estridencia del titular, hemos confundido la autenticidad con la impulsividad. Pareciera que hoy, el que no tiene una opinión inmediata - y preferiblemente incendiaria- sobre el tema del día, simplemente no existe. Sin embargo, en este ruido infinito, estamos perdiendo una de las herramientas más poderosas del liderazgo y la convivencia: la prudencia estratégica.

Crecí escuchando dos frases de mi padre que, con el tiempo, se han convertido en mis mejores brújulas de comunicación. La primera era una sentencia de clase y carácter: “No es propio”. La segunda, un recordatorio de dominio propio: “Está bien que lo pienses, pero no lo digas”. En su momento, podían parecer lecciones de etiqueta; hoy, las entiendo como tácticas de supervivencia en un ecosistema social intoxicado por la polarización.

Hoy se aplaude al que “dice las cosas como son”, aunque lo haga desde el hígado y sin filtros. Pero hay una diferencia abismal entre ser honesto y ser imprudente. La comunicación no es solo el acto de emitir mensajes; es el arte de gestionar el impacto de esos mensajes. Cuando un líder, un político o un empresario renuncia al filtro entre su pensamiento y su lengua, no está siendo “valiente”, está siendo vulnerable. Está entregando su control emocional al entorno.

El “no es propio” de mi padre no se refería a la censura, sino a la dignidad del mensaje. Hay palabras que, aunque sean ciertas, nos rebajan al nivel de aquello que criticamos. Si el argumento se pierde en la forma, la razón deja de importar. En la política actual, por ejemplo, vemos cómo la falta de este filtro ha convertido el debate público en un callejón de insultos donde nadie escucha, solo se espera el turno para atacar.


Saber cuándo hablar es importante, pero saber cuándo callar es brillante. La inteligencia del filtro nos permite leer el contexto antes de abrir la boca. En un México dividido, donde cada palabra es usada como munición por el bando contrario, la prudencia es un escudo. Quien domina el “está bien que lo pienses, pero no lo digas”, domina también el ritmo de la conversación.

No se trata de ocultar la verdad, sino de entender que la verdad requiere el terreno adecuado para germinar. Un comunicado apresurado, una respuesta visceral en redes sociales o un gesto corporal fuera de lugar pueden destruir meses de construcción de confianza. La sociedad hoy no solo está atenta a lo que decimos; está acechando nuestros errores para confirmar sus propios prejuicios.

El costo de no tener filtros es altísimo: la pérdida de la autoridad moral. Cuando permitimos que la polarización nos dicte el tono, dejamos de ser dueños de nuestra narrativa. Recuperar el “no es propio” es un acto de rebeldía en un mundo que nos empuja a ser reactivos.

Al final del día, la elegancia de la prudencia nos permite recordar que no todo pensamiento merece ser público y que no toda provocación merece una respuesta. La lengua es, quizá, el único músculo que se rompe por exceso de uso. En este laboratorio de la vida pública, ser dueño de nuestros silencios nos hace, irremediablemente, dueños de nuestras palabras.

Porque, como siempre decimos: Todo Comunica. Incluso —y con más fuerza que nunca— lo que decidimos no decir.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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