Hay una pregunta que me ha rondado muchas veces escuchando discursos políticos.¿Por qué ese líder me convence aunque no esté completamente de acuerdo con lo que dice?
Es el poder del lenguaje.
Durante décadas, académicos y especialistas en comunicación han observado algo curioso: los líderes más recordados de la historia de pronto no tenían las mejores ideas. Pero sí sabían cómo decirlas.
Churchill antes de ganar la Segunda Guerra Mundial, ganó el ánimo de su gente.“We shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets.”
No habló con un lenguaje militar. Por el contrario construyó un mensaje que cualquiera podía entender, repetir y sentir como propio. Algo así como un mantra en medio del miedo.
Funciona porque es simple, porque se repite, porque pone imágenes claras en la cabeza de quien escucha. Y eso, para el cerebro, es oro. Para quien le gusta la comunicación, son los marcos de los que tanto habla Lakoff.
Hay décadas de estudios en psicología cognitiva que apuntan a lo mismo, procesamos mejor lo concreto que lo abstracto, lo que podemos imaginar frente a lo que solo podemos analizar.
Reagan lo entendía bien. No hablaba como político tradicional, sino como alguien explicándote algo en la cocina de su casa. Cercano, con historias que parecían pequeñas pero llenas de intención.
Trump juega en ese mismo terreno con una efectividad que a muchos analistas todavía les incomoda reconocer.Sus frases son cortas. Su vocabulario, básico. Y su repetición, constante.
“Believe me.”“Tremendous.”“Like you’ve never seen before.”
No es casualidad, ni torpeza. Es más bien estrategia.
Se ha medido que su vocabulario oral promedio es bastante simple, equivalente al de niveles escolares básicos. Pero reducirlo a eso sería perder el punto. Sabe exactamente a quién le habla y cómo quiere que ese mensaje se sienta, no solo que se entienda.
El contraste con Obama es interesante. Su estilo era otro, oraciones más largas, referencias históricas, metáforas más elaboradas. Había una intención distinta detrás, y también una audiencia distinta.
Donde uno decía “Make America Great Again”, el otro decía “Yes We Can”.
No es que uno fuera mejor que el otro en términos absolutos. Es que ambos entendían que el lenguaje construye confianza.
En psicología hay un concepto llamado “fluidez de procesamiento”. Cuando algo es fácil de entender, tendemos a percibirlo como más verdadero. No porque lo hayamos evaluado a fondo, sino porque no nos costó trabajo procesarlo.
Así de simple. Y así de potente.
Ese es, en el fondo, el idioma del poder.
Y aquí es donde la cosa se vuelve más interesante, y también más incómoda.Porque la misma mecánica que permite que un discurso conecte con millones también puede usarse para simplificar en exceso, para cerrar conversaciones que deberían seguir abiertas, o para hacer que algo suene cierto solo porque se repitió suficientes veces.
El lenguaje nunca ha sido neutro.
Por eso, la próxima vez que escuches a un político y sientas que “te llega”, quizá vale la pena detenerse un segundo más de lo normal y hacerse una pregunta incómoda:¿Me está convenciendo porque tiene razón o porque sabe exactamente cómo hacer que eso se sienta cierto?
Y la respuesta, si somos honestos, rara vez es tan clara como nos gustaría.
Nos leemos la próxima semana.
