Hace unos días publiqué un video cuestionando esa frase tan común en nuestras redes sociales: “Te leo”. Ese postulado que promete cercanía, pero que suele terminar en un muro de silencio o en la frialdad de un “like” automático. Lo que empezó como una crítica a la etiqueta digital, pronto escaló - gracias a la retroalimentación de mentes lúcidas y amigos entrañables - a un diagnóstico mucho más profundo de nuestra sociedad actual.
Y es que no debemos confundirnos: el vacío de respuesta en una pantalla no es un fenómeno nacido en Silicon Valley; es, en realidad, la versión moderna de una vieja patología del poder. Como bien me señalaba una voz autorizada y con la perspectiva que solo dan los años en el Estado y la política, esta ausencia de reciprocidad ha existido siempre en los círculos donde el ego pesa más que el compromiso. Antes, el silencio era una herramienta de jerarquía en los pasillos gubernamentales; hoy, esa jerarquía se ha “sofisticado” a través de la tecnología.
Las redes sociales no inventaron la descortesía, solo le dieron un megáfono y una velocidad sin precedentes. Son el ejemplo moderno para entender un fenómeno donde el reconocimiento del otro se ha vuelto opcional. Ya no es solo ignorar, es “reaccionar” con un emoji para no comprometerse con la palabra, evidenciando que la distancia física de la red ha servido de escudo para una rudeza que ya permea todos los ámbitos.
Esta falta de atención no se queda en el “muro” de un influencer o en el escritorio de un político; ha llegado incluso al sector servicios. Como bien apunta el análisis de quienes viven el día a día de los negocios, hoy el cliente pregunta, exige y consume el tiempo del otro bajo el manto del anonimato, pero rara vez ofrece un “gracias”. Parece que hemos olvidado que del otro lado del mensaje hay un ser humano trabajando, sintiendo y esperando reciprocidad.
Es aquí donde surge la pregunta obligada: ¿En qué esquina de nuestra modernidad le dimos la vuelta en U a la decencia, a la educación y a la generosidad? Porque si esta indiferencia se ha sofisticado, significa que hemos perfeccionado el arte de estar hiperconectados, pero estamos más desvinculados que nunca. La comunicación hoy se ha vuelto extractiva: todos queremos atención, pero casi nadie está dispuesto a darla. Hemos convertido al prójimo en un número para nuestra estadística personal o en un frío dato para nuestro algoritmo de éxito.
La tecnología es hoy insustituible, pero la ética de reconocer al otro es insustituiblemente humana. Necesitamos iluminar de nuevo la educación, desde las instituciones pero sobre todo desde la familia, para entender que contestar un mensaje, dar las gracias en una transacción o debatir con respeto en un foro público no es “perder el tiempo”, es ganar humanidad.
En un mundo que corre a toda velocidad hacia el individualismo, la cortesía básica se ha vuelto el nuevo acto de rebeldía. Porque al final del día, lo que no se dice también impacta, y en el silencio… en el silencio también Todo Comunica.
