Opinión

Tecnología sin criterio: el riesgo que estamos ignorando

Columnista
Enrique Uribarren /Cortesía

En medio del entusiasmo por la transformación digital, hay una pregunta incómoda que rara vez nos formulamos con la suficiente seriedad: ¿qué estamos perdiendo mientras ganamos acceso, velocidad y entretenimiento? El libro La fábrica de cretinos digitales, de Michel Desmurget, pone el dedo en la llaga al cuestionar uno de los supuestos más aceptados de nuestro tiempo: que más tecnología implica, necesariamente, mejores capacidades.

El libro ha logrado algo poco común en el debate contemporáneo,incomodar. Su tesis es directa y difícil de ignorar: el uso excesivo de pantallas está afectando negativamente el desarrollo cognitivo de niños y adolescentes. Esta obra obliga a replantear la creencia deque la exposición temprana a la tecnología es, por sí misma, una ventaja.

Uno de los mayores aciertos de Desmurget es desmontar el mito del “nativo digital”. Sostiene, con respaldo en diversos estudios, que la familiaridad con dispositivos no equivale a competencia intelectual ni a habilidades cognitivas superiores. Saber usar una pantalla no implica saber pensar mejor. Esta distinción ha sido ignorada en muchas decisiones educativas y familiares.

El problema no es únicamente el tiempo frente a la pantalla, sino aquello que deja de hacerse como leer, conversar, jugar, dormir adecuadamente. En ese desplazamiento silencioso se encuentra, el verdadero riesgo.


No obstante, el libro no está exento de cuestionamientos. Su narrativa tiende a generalizar y, en algunos momentos, a presentar correlaciones como si fueran causalidades definitivas. No todas las experiencias digitales son iguales, ni todos los contextos producen los mismos efectos.

Aun así, desestimar su planteamiento sería un error. Desmurget pone sobre la mesa un tema que suele minimizarse, la economía de la atención. Las plataformas digitales están diseñadas para retener al usuario el mayor tiempo posible, utilizando mecanismos que dificultan la autorregulación, especialmente en menores. Este diseño no es neutral, y sus consecuencias tampoco lo son.

En el ámbito educativo, su crítica resulta particularmente relevante. La introducción de tecnología sin una estrategia pedagógica clara no solo es ineficaz, sino que puede ser contraproducente. La promesa de modernización ha llevado, en muchos casos, a una fragmentación del aprendizaje más que a su fortalecimiento.

La fábrica de cretinos digitales no ofrece un diagnóstico absoluto ni una solución definitiva, pero sí cumple una función esencial: actuar como una señal de alerta. Su valor radica en la necesidad de la pregunta que plantea.

En última instancia, el libro no condena la tecnología, sino la ausencia de criterio en su uso. Y en ese matiz se encuentra la verdadera discusión.

Como siempre, amigo lector agradezco su opinión y comentarios en mi cuenta de X @EUribarren

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