“El valor de las cosas usadas”
Cuando Gabriela Simón trabajaba en la Asociación Pro Personas con Parálisis Cerebral (APAC) en la Ciudad de México, aprendió “el valor de las cosas usadas”. Para sostener la iniciativa, “la gente llevaba cosas que no usaba y las vendíamos”, explicó la contadora por la Universidad Panamericana, quien se mudó a León, Guanajuato, en 1993.
Una vez en aquella ciudad, Gabriela conoció la fundación Vida y Familia A. C. (Fivac), a donde se acercó para proponer la estrategia de recibir y vender artículos usados. Sin embargo, la institución no aceptó “en ese momento, y yo me quedé con la idea”, recordó. Enseguida, contactó a Patricia Kravetz para contarle sobre el negocio que emprendería de manera independiente y ella se sumó, por lo que han sido socias desde hace 23 años, cuando abrieron “Tesoros bazar” en 2003 en León.
Para 2016, establecieron una sucursal en la calle J. Caballero y Osio 31, en Jardines de Querétaro, Querétaro (Qro.). Dos años después, abrieron otra sucursal en la plaza Juriquilla, en el boulevard Universitario 540, en Juriquilla, Qro. Sin embargo, la primera “tuvo una duración de 9 años”, por lo que la segunda se volvió la única en la entidad queretana.
“El propósito es llevar alegría a todos los que entran en la tienda, tanto al que recupera algo por un artículo que ya no usa, como al que lo compra por un precio muy accesible”, expresó Gabriela Simón.
Socios de antigüedades
De acuerdo con Cecilia Vargas, actual gerente de “Tesoros bazar” Juriquilla, el negocio funciona bajo un esquema de consignación. Es decir, el establecimiento no compra los artículos, sino que las personas los llevan, se establece un precio base, y una vez vendidos, el ingreso se divide en dos. “Prácticamente, somos socios”, explicó.
Después de firmar el contrato, cada pieza permanece en exhibición durante 90 días, pero si no se vende, su precio disminuye 15 por ciento al segundo mes de duración y 30 al tercero. En el caso de objetos menores a 300 pesos, “le sugerimos al cliente que pase por ellos”; pero si no lo desea, “tenemos que hacer limpieza obligatoria porque nos llenamos de muchísimas cosas”, señaló Vargas.
Lo retirado del bazar es destinado a la Academia Renacimiento y Trinitate Philharmonia de León, una institución musical para infancias y jóvenes de comunidades semirrurales. “Todo lo recaudado de las donaciones va directamente con ellos”, subrayó la gerente.
Por su lado, los artículos de más 300 pesos siguen en exhibición hasta venderse o hasta que el dueño decida retirarlos. Para evitar acumulaciones, no aceptan los “artículos basura, que son los que no se puedan vender: muy maltratados, rotos o que no funcionan”. Además, solo reciben lo que tiene “un monto mayor a 50 pesos”.
A finales de año llegan más artículos, “pues recibimos todo lo que la gente ya quiere cambiar”, así como en vacaciones de verano, “cuando las mamás aprovechan con los chicos para hacer limpieza”, señaló la encargada.
Artículos inusuales
Según Cecilia Vargas, los objetos más valiosos que han pasado por el bazar son piezas de arte firmadas, como pinturas y esculturas de hasta 120 mil pesos. También han recibido cosas poco comunes, como “unos sillones en forma de ganso con plumas reales, unas esculturas de alienígenas”, una armadura medieval y un supuesto cuerno de mamut que no fue aceptado por falta de documentación.
Han llegado máquinas de coser, de escribir e incluso una imprenta “de más de 150 años”. Aunque pueden no funcionan, son piezas que “ya no encuentras fácilmente”, por lo que suelen ser buscadas por coleccionistas.
También han enfrentado situaciones extrañas. “Una señora trajo un payasito de porcelana musical: uno le giraba y sonaba musiquita de circo. Nos dijo: ‘lo traigo porque a mis nietos les da miedo, dicen que suena solo’, pero ella nunca lo había escuchado”. Sin darle importancia, “lo dejamos en exhibición”.
Sin embargo, “un día estábamos en el área con la música de la tienda y empezamos a oír algo bajito. Bajamos el volumen y escuchamos claramente la musiquita. Nos preguntábamos de dónde venía, hasta que vimos que el payasito estaba girando. Era un objeto que tienes que manipular para que funcione”, narró la gerente.
De manera similar, les llevaron un retrato femenino. “Mucha gente nos comentaba: ‘cada vez que paso, me da miedo’. Era el busto de una mujer al óleo, pero no supimos la historia ni por qué provocaba eso, pero pasaba”.
Aun así, Cecilia Vargas aseguró que lo mejor de trabajar en el bazar es “brindarle toda esa alegría y emoción que la gente recibe al encontrar cosas antiguas”.
