Hay una cuenta que no aparece en los recibos, pero que se paga todos los días: la de ser mamá en México. No está en el ticket del súper ni en el estado de cuenta del banco, pero se siente en cada decisión cotidiana, en cada ajuste silencioso, en cada renuncia que no se nombra. Ser madre hoy no solo implica criar; implica sostener una economía doméstica cada vez más presionada.
A nivel nacional, la inflación general se ha mantenido alrededor del 4%. Pero ese dato, en la vida diaria, dice poco. Porque lo que realmente pesa no es el promedio, sino lo básico. Los alimentos —lo indispensable— han tenido incrementos más altos que el resto, y eso cambia todo. Hoy, más del 35% del gasto de los hogares se destina a comida y bebidas, según el INEGI. Es decir: cuando sube la comida… sube todo.
Pero esto no se entiende en cifras, se vive en escenas concretas. En la mamá que antes compraba un kilo de carne y hoy compra medio para hacerlo rendir. En la que cambia marcas, compara precios, deja productos en el carrito. En la que sustituye alimentos porque ya no alcanza igual. En la que estira la comida con más arroz o más sopa, aunque eso signifique menos nutrición. En la que dice “yo ya comí” para que alcance para sus hijos. Porque el ajuste no es técnico, es emocional. Y ahí, en ese espacio donde nadie ve, las mamás hacen lo imposible: ajustan, sustituyen, recortan y aun así cuidan que no se note en la mesa.
Pero el dinero no es lo único que sostiene una casa. Hay otra carga, más profunda, que pocas veces se reconoce. En México, todo el trabajo que se hace dentro del hogar —cuidar, cocinar, limpiar, acompañar— equivale a cerca del 26% de la economía del país. Es una cifra que obliga a mirar distinto lo cotidiano. Dicho de otra forma: si a las mamás les pagaran por todo lo que hacen, serían una de las fuerzas económicas más grandes de México. Levantarse antes que todos para preparar desayunos, cocinar todos los días, llevar y recoger a los hijos, ayudar con tareas, organizar la casa, cuidar cuando alguien se enferma. Todo eso es trabajo. Pero no tiene sueldo, no tiene horario, no tiene descanso. Y más del 70% de ese trabajo lo realizan mujeres. El país funciona, en buena medida, porque millones de mamás sostienen la vida diaria sin reconocimiento.
Frente a este panorama nacional, lo local empieza a importar más. En Querétaro, el contexto ofrece matices distintos. El estado se mantiene entre los mejor evaluados en progreso social del país, con mejores condiciones de acceso a servicios y oportunidades que el promedio nacional. Eso no significa que no haya problemas. Las mamás aquí también hacen cuentas, también sienten la presión. Pero hay algo que sí cambia: cuando el entorno acompaña, la carga pesa menos. Cuando puedes resolver pendientes sin dar tantas vueltas, cuando hay espacios para aprender, emprender o pedir ayuda, cuando no te sientes completamente sola frente a todo, la vida cotidiana deja de ser una carrera constante contra el desgaste.
En Querétaro existen puertas a las que se puede acudir. La Secretaría de la Mujer Querétaro impulsa capacitación para que una mujer pueda generar ingresos desde casa. La Secretaría de Desarrollo Sustentable de Querétaro acompaña a quienes buscan. No es perfecto, pero sí hay más herramientas. Y eso, para una mamá, hace diferencia.
Ser mamá en México hoy es sostener una parte enorme de la economía, muchas veces sola. Es hacer cuentas, resolver, cuidar, adaptarse y seguir. Por eso vale la pena decirlo sin rodeos: las mamás no están pidiendo privilegios. No están pidiendo todo. Están pidiendo algo mucho más básico y urgente: que todo ese esfuerzo, por fin, alcance.
