Opinión

El Diccionario del Humo: Cómo el Poder “Lava” la Realidad

Columnista Héctor de Mucha
Columnista Héctor de Mucha /Cortesía

Existe una vieja máxima en la comunicación de crisis que dicta: “Si no puedes cambiar la realidad, cámbiale el nombre”. En las últimas semanas, tanto en el ecosistema corporativo global como en la vibrante y compleja arena pública, hemos sido testigos de un despliegue magistral de pirotecnia verbal. El poder, cuando se ve acorralado por los hechos, no suele responder con argumentos lógicos; responde con metáforas de distracción y eufemismos de blindaje. Saber decodificar este lenguaje no es un asunto menor; es una herramienta de defensa ciudadana para evitar tragar humo conceptual.

Aquí recurro una vez más al uso de las metáforas. En este caso, la estrategia apunta hacia la soberanía contra la evidencia. Uno de los recursos más recurrentes de la narrativa política - sin importar el color o la latitud - es el uso de la metáfora nacionalista para desviar la atención de un problema técnico o judicial. Cuando a un actor con poder se le señalan inconsistencias, acusaciones externas o investigaciones de peso, la estrategia inmediata rara vez es la transparencia absoluta. El guion de manual dicta activar la metáfora del “ataque al grupo”, la “conspiración del adversario” o la “afrenta a la soberanía”.

Al hacer esto, quien lo transmite traslada el problema de la cancha de lo legal y lo ético a la cancha de lo emocional. Ya no discutimos si los señalamientos tienen sustento o si las instituciones deben investigar de oficio; ahora se debate si el de afuera tiene el derecho de criticar al de adentro. La metáfora borra la falta y la sustituye por una narrativa de resistencia. Es un camuflaje semántico impecable.

El otro gran pilar de este humo discursivo es la dilución de la gravedad mediante palabras sedantes, utilizando el eufemismo de la “licencia” y el “ajuste”. En el mundo de los negocios, por ejemplo, cuando una empresa tiene un colapso en sus sistemas o pérdidas millonarias por malas decisiones, sus directivos nunca hablan de “fracaso” o “quiebra”, prefieren llamarlo “un periodo de estabilización técnica” o un “ajuste en la curva de aprendizaje”.


En la política pasa lo mismo: la separación de un cargo bajo la sombra de la sospecha nunca se admite como una crisis; se le envuelve en el pulcro celofán de una “licencia temporal para atender asuntos personales” o se le etiqueta como una simple “cooperación institucional”. Estas palabras operan en nuestro cerebro como una anestesia. Buscan bajar la intensidad de la indignación pública y ganar tiempo mientras el control de daños hace su trabajo detrás de bambalinas.

El gran peligro de normalizar este “lavado” de la realidad es que terminamos viviendo en un entorno donde las cosas pierden su verdadero peso específico. Una acusación seria no desaparece por llamarla “narrativa débil”, ni una crisis institucional se resuelve con un comunicado con buena sintaxis. La comunicación asertiva y resolutiva exige llamar a las cosas por su nombre.

La próxima vez que escuches un discurso cargado de adjetivos grandilocuentes frente a un señalamiento concreto, activa tu detector. Recuerda que el poder rara vez se equivoca en la sintaxis, pero con frecuencia se equivoca en la transparencia. Al final del día, la verdad no necesita disfraces, porque en la vida, en la política y en los negocios…

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