Imagínese la escena: una mañana cualquiera empieza a circular por grupos de WhatsApp un video de una persona candidata diciendo una barbaridad, o un audio de una persona funcionaria pública aceptando un chanchullo. La ciudadanía lo abre a las carreras —en el camión, en el taxi, en la fila del mandado o mientras desayuna— y como se ve tan real, elige compartir, de modo que para cuando la persona involucrada decide aclarar que era falso ya no sirve de nada, porque la mentira agarró camino sola, hizo enojar a medio mundo y dejó sembrada una sospecha que ya nadie le quita de la cabeza a la gente.
Ese es el reto que la inteligencia artificial le va a meter a las próximas elecciones, porque antes, para echar a andar una mentira política, se necesitaba un rumor, una nota, una cadena o una página hecha al vapor para golpear, mientras que hoy la mentira llega con cara, con voz, con gestos y hasta con movimiento, y parece prueba, aunque la hayan armado en una computadora. Ahí la democracia pisa terreno resbaloso.
Que quede claro, la inteligencia artificial no es el villano, porque sirve muchísimo si se usa éticamente... nos permite ordenar información, analizar datos, revisar documentos, agilizar trámites y quitarle horas de trabajo pesado a un montón de gente. El problema no es la herramienta sino usarla para engañar, ya que una cosa es echar mano de la tecnología para informar mejor y otra muy distinta es fabricar un video, clonar una voz o inventar una escena para hacerle creer a la gente que pasó algo que nunca pasó.
En campaña eso no es una travesura, porque la pelea democrática aguanta crítica vehemente, burla, debate, contraste... así es la vida pública, pero lo que no podemos dejar pasar como si nada es que alguien fabrique algo falso y lo suelte en el momento justo para incidir antes de que dé tiempo de verificar.
Una elección no se ensucia nada más cuando alguien “compra votos”, sino mucho antes, cuando se envenena la conversación y se empuja a votar con información manipulada.
Y hay que decirlo claramente: nos hace falta regulación, no para prohibir todo ni para andar persiguiendo memes, críticas o publicaciones incómodas, porque la libertad de expresión se cuida incluso cuando incomoda, pero sí necesitamos reglas claras para separar la creatividad de la falsificación, la propaganda legítima de la manipulación, y el uso responsable de una herramienta de la fabricación a propósito de una mentira con cara de verdad.
La tecnología ya nos sacó ventaja y las reglas vienen atrás, por eso las autoridades tenemos que ponernos las pilas, los partidos tienen que actuar con responsabilidad, los medios tienen que verificar con más cuidado y la ciudadanía debe cambiar el chip, porque ya no basta con el recurrente “lo vi en internet” o el “me lo mandaron por WhatsApp”. En tiempos de inteligencia artificial, ni todo video es prueba, ni todo audio es cierto, ni toda imagen es real.
La próxima vez que algo nos sorprenda, vale la pena detenerse y preguntarse ¿quién lo publicó?, ¿cuándo salió?, ¿se confirmó? y a ¿quién conviene que nos lo creamos? porque ahí está la diferencia entre estar informadas e informados y decidir no ser parte de la campaña de engaño.
La inteligencia artificial llegó para quedarse y va a incidir cada vez más a las elecciones, así que la pregunta no es si se va a usar —porque es claro que sí— sino si vamos a permitir que disfrace mentiras de verdad. Al final, una elección se puede ensuciar mucho antes del día de las votaciones: el día que la mentira aprende a parecer verdad.
Eso es La Caja Negra.
Cuando entiendes el sistema, dejas de ser rehén de él.
Sígueme en mis redes @ddorantesqro
