La columna de David Olivo: Don Luis, el legado

El miércoles 18 de mayo, Luis H. Álvarez falleció y con él, sin duda termina una época, no sólo de Chihuahua, su estado natal y en el construyó gran parte de su vida política y de la democracia en México

Por DAVID OLIVO ARRIETA

“Nunca nos derrotó la derrota, que no nos derrote ahora la victoria”.

Esta frase inmortalizó a don Luis H. Álvarez desde hace más de tres lustros, cuando el Partido Acción Nacional (PAN) logró la alternancia en el país, tan ávido y necesitado de democracia.

Hace una semana, el miércoles 18 de mayo, don Luis falleció y con él, sin duda termina una época, no sólo de Chihuahua, su estado natal y en el construyó gran parte de su vida política y de la democracia en México. 

Su deceso también significa la muerte del último referente moral de un México terrible, corrupto, caracterizado por la injusticia, el abuso y los excesos.

Pareciera que la ausencia de su esposa Blanca Magrassi le pesó más que sus 96 años a cuestas. El 9 de octubre de 2015, doña Blanca murió y con ella también se fue una parte importante de la democracia de México.

Un ejemplo de esta pareja incansable por la democracia se dio durante el fraude electoral de 1986 en Chihuahua. En ese entonces, don Luis era alcalde de la capital, Chihuahua, y se sometió a una huelga de hambre para denunciar el despojo contra Francisco Barrio. 

Y mientras Luis H. Álvarez estaba en huelga de hambre en Chihuahua, Blanca Magrassi, se trasladó a la Ciudad de México para tratar de hablar con el presidente Miguel de la Madrid sobre lo que estaba pasando en el norte del país: “no es un partido, es un pueblo que quiere vivir en democracia”, era el argumento fundamental que quería expresarle al entonces presidente.

Pese a que esperó por horas, De la Madrid no la recibió. Ante el desplante, aquel septiembre de 1986, doña Blanca dijo en conferencia: “yo quisiera hablarles de cuál es el mensaje para el presidente de la República, cuáles eran los ideales que queríamos expresarle. Nosotros sentimos que la lucha que se está librando en Chihuahua no es ya una lucha partidaria: es una lucha entre un pueblo que anhela vivir en la democracia y un poder que no reconoce la nobleza y el deseo de libertad de ese pueblo”.

Don Luis H. Álvarez fue ejemplo de integridad y coherencia durante su siglo de existencia y uno de los grandes referentes del PAN. En todo momento, sin estridencias, pero sin miedo, hizo público su pensar y su sentir.

Luchador, opositor y liderazgo partidista. Fue legislador (miembro de la Cocopa) y funcionario en el gobierno de Felipe Calderón (comisionado de la comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y Consejero para la atención de Grupos Vulnerables). Luis H. Álvarez se dedicó en el último trecho de su vida a la promoción de los derechos humanos, principalmente de los más necesitados, de los más olvidados: los pueblos indígenas. 

Su trabajo incansable y apartidista fue distinguido en 2010 cuando el Senado le otorgó su máximo reconocimiento, la medalla Belisario Domínguez.

Otras frases inolvidables del chihuahuense: 

“Nada eleva más al hombre que hincar la rodilla ante Dios, pero nada lo degrada más que arrodillarse ante la injusticia”.

“Sólo podremos cambiar para bien y ser factor de cambio si sabemos quiénes somos, qué somos y qué queremos. Todo lo que venga de fuera puede ser bueno o malo, pero ni siquiera seremos capaces de juzgarlo desde la ignorancia o el mal conocimiento de nuestro propio ser o desde la carencia del proyecto de partido y de nación genuinamente nuestros”.

El pasado miércoles nos dejó don Luis y en el PAN se tiene la obligación de mantener vigente su lucha por los derechos humanos, su incansable vocación por la democracia y la justicia. Incluso, su figura deberá significar motivación para enmendar lo incorrecto, dentro y fuera del partido. Eso sería lo correcto, eso quería él. Y en eso se esta trabajando.

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