La columna de David Olivo: cuenta saldada… la primera Ricardo Anaya

Hace cuatro días, el PAN (en alianza con el PRD en tres estados) fue elegido por el voto de millones de ciudadanos como la única esperanza de lograr un cambio real

Por DAVID OLIVO ARRIETA

El domingo 5 de junio de 2016 será recordado por más de 14 millones de mexicanos que decidieron castigar al PRI en seis de sus entidades y votar por la alternancia. Pero también será recordado por el presidente Enrique Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones, un viejo político disfrazado del nuevo PRI, pues a pesar de sus esfuerzos por diluir el voto de la oposición, por infundir el voto del miedo, por desviar recursos públicos para intentar retener el poder, la ciudadanía les dio una lección que los marcará para siempre.

Hace cuatro días, el PAN (en alianza con el PRD en tres estados) fue elegido por el voto de millones de ciudadanos como la única esperanza de lograr un cambio real, un cambio de fondo, un cambio que revolucione la incipiente democracia que por momentos sucumbe ante el peso de los poderes fácticos en nuestro país.

El domingo, el PAN en alianza conquistó las gubernaturas de Durango (con su candidato José Rosas Aispuro Torres), Quintana Roo (con Carlos Manuel Joaquín González), Veracruz (con el panista Miguel Ángel Yunes Linares), Tamaulipas (con el senador Francisco García Cabeza de Vaca), Chihuahua (con el otro senador Javier Corral), Aguascalientes (con su abanderado Martín Orozco) y Puebla (con Antonio Gali Fayad).

Las lecturas de lo ocurrido son muchas, de todo tipo y con muchos matices o justificaciones por la “sacudida” propinada por Accion Nacional al PRI.

Sin embargo, la real es una y única: el PRI sufrió un voto de castigo sin precedente en la historia política reciente y es un mensaje claro del hartazgo contra un partido podrido, por dentro y por fuera, y contra un presidente cuyo sello de gobierno es la corrupción.

En el PRI y en Los Pinos los focos rojos se quedaron encendidos desde antes de la elección del domingo pasado y permanecerán así hasta los comicios presidenciales del 2018.

Para los distintos círculos políticos, el gran perdedor de esta elección es el PRI-gobierno, acusado reiteradamente de corrupción y con casos de conflictos de interés, como la “Casa Blanca”, como el privilegiar al Grupo Higa y contratos con OHL, y escándalos de presunta corrupción de los integrantes de su gabinete.

A esta lectura hay que añadir el ingrediente de los gobernadores de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo, los cuales son una fiel imagen del autoritarismo, la quiebra de los erarios y la represión.

En síntesis, lo que se ve y se lee, tras los comicios del domingo, es que hoy más que nunca, el voto de castigo está vigente y más poderoso que nunca.

¿Y quién fue el gran vencedor? El PAN, los mexicanos cansados del PRI-gobierno y el artífice de estos triunfos: Ricardo Anaya Cortés, el joven dirigente nacional de Acción Nacional.

Sin duda es quien se lleva los reflectores, pues fortalece su figura en la carrera presidencial, que por más que todo mundo lo quiera negar, los más interesados ya la están corriendo.

Ricardo Anaya se fortalece al interior y al exterior del panismo, como por ejemplo ante Margarita Zavala y ante cualquier priista, y se posiciona ante el que lleva más de 12 años en campaña, el tabasqueño fundador de Morena.

Sin embargo, congruente y fiel a su estilo, Anaya prefiere disfrutar del momento, del triunfo aplastante contra el PRI y dejar la carrera presidencial para los urgidos de poder. A final de cuentas, él es el hombre del momento.

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