El avión que espera

Por Toño Esquinca

¿Se ha dado cuenta que prácticamente todo el tiempo vamos corriendo por dentro como si se tratara de alcanzar algo que no sabemos a ciencia cierta qué es? Tal vez sea la incesante búsqueda de la idea que tengamos de felicidad, o en una manera más real, de satisfacciones principalmente corporales.

Pero el caso es que vamos en un continuum de aceleración pasando de un momento al otro sin siquiera reparar en que el momento actual es aquél por el que estábamos tan apresurados unos instantes atrás, y de este modo se nos escurren las horas, los días, los meses y los años sin haber disfrutado –tal vez- lo suficiente aquellas cosas por las que decimos trabajar y las experiencias con las personas que queremos.

Esperamos un momento por allá en un futuro a corto o mediano plazo, un cumpleaños, un evento por el cual tener el pretexto de celebrar, o cualquier motivo que nos dé una buena excusa de intercambiar un instante con una tonalidad fuera de nuestra rutina habitual. Y de pronto así nos damos cuenta de que ya pasó una década, o de que aquello que estaba dibujado en la mente como una idea de algo que nos daría satisfacción, sencillamente ya se fue.

Pero mientras dejemos los momentos de la vida para otro momento, mientras tengamos tanto apuro interno por llegar a un lugar o a una situación sumamente subjetivos, así también dejaremos aquellas experiencias que en realidad van nutriendo e hilvanando ese tejido del que está hecho nuestro destino.

Cada vez me convenzo más de que en realidad no vamos hacia lugar o situación alguna, sino que la realidad por sí misma se va desenrollando como un tapete mágico enfrente de nosotros y que aunque veremos en este los frutos de aquellas semillas que plantamos –causas y sus efectos- si no tomamos a manos llenas esos instantes que llegan para regalarnos algo, nos convertimos en balsas agujeradas en las que queremos llegar a algún puerto; y de repente aquél amigo, aquél abuelo, aquella pareja, aquél amor, aquél hermano, aquella madre, aquél enemigo que nos asustaba tanto, ya no están, se han ido, han desaparecido físicamente de nuestra historia, y si nuestro correr por la vida sin ver no nos dejó abarcarlos con toda conciencia y plenitud dejarán ese hueco que duele más: el que se añora por lo que no vivimos, por lo que no entregamos, por lo que no quisimos recibir.

De cualquier manera nunca somos los mismos de un instante a otro, la metamorfosis de nuestra consciencia es constante cambio, y tan sólo por este concepto, deberíamos darnos aunque sea por un poco más de auto-amor, el obsequio de no darnos por sentados y seguros, ni a los demás, ni a lo demás, y entregarnos al momento como si nos estuviera siempre esperando un avión en una plataforma de despegue que nos dice que probablemente el viaje esté a punto de terminar, literal o metafóricamente.

Regálese a los suyos, regálese a sí mismo o misma en la versión de usted en la que realmente viva como aquella navidad en donde exhilarante quiere dejarles saber cuánto los quiere y contar lo mejor de usted, bailar sin temor, expresar lo divino de usted sin dejar reservas, sentirse vivo a través de sus lazos, y a través de estar realmente presente.

No corra, deténgase, respire, contemple a su alrededor y cólmese de lo que existe aquí y ahora. Al final pregúntese, ¿para qué trabajo, para qué me levanto, para qué hago todo lo que hago? Puede ser que ahí encuentre muchas pistas para dejar la aceleración y comenzar la verdadera experiencia del vivir, en donde ya está usted puesto.

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