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Refugiados ucranianos a salvo de la guerra, pero no en paz

VARSOVIA (AP) — Meses después de que las fuerzas rusas ocuparan la provincia de Jersón, en el sur de Ucrania, el año pasado, comenzaron a visitar la casa de una mujer ucraniana y su esposo ruso. Destrozaron su refrigerador y exigieron la posesión de su automóvil. Un día, tomaron a la esposa y su hija adolescente, les pusieron fundas de almohadas sobre la cabeza y se las llevaron.

La mujer estuvo encerrada durante días y le golpearon las piernas con un martillo. Los hombres la acusaron de revelar la ubicación de soldados rusos. La sometieron a descargas eléctricas y le presionaron los pies con los tacones de sus botas militares hasta romperle dos dedos. Escuchó gritos cerca y temió que provinieran de su hija.

Más de una vez, con una bolsa en la cabeza y las manos atadas, le apuntaron con un arma a la cabeza. Sentía el cañón en su sien y un hombre comenzaba a contar. Uno. Dos. Dos y medio.

Después, disparaba un tiro al suelo.

“Aunque en ese momento me parecía que sería mejor a mi cabeza”, dijo a The Associated Press, al relatar la tortura que duró cinco días, contados por el rayo de luz solar que se colaba por una diminuta ventana de la habitación. “Lo único que me mantuvo fuerte fue la conciencia de que mi hija estaba en algún lugar cercano”.

Los funcionarios rusos finalmente liberaron a la mujer y a su hija, dijo, y se dirigió a su casa. Se dio una ducha larga, empacó una maleta y las dos huyeron del área ocupada —primero a Crimea, ocupada por los rusos, y luego a Rusia continental, desde donde cruzaron por tierra a Letonia y finalmente a Polonia—.

Su cuerpo aún estaba magullado y apenas podía caminar. Pero en diciembre se reunió con un hijo en Varsovia. Ella y su hija se unieron a los refugiados que han huido de sus hogares desde que Rusia lanzó su invasión a gran escala de Ucrania.

Ha pasado casi un año desde que la invasión del 24 de febrero de 2022 hizo que millones de personas huyeran a través de la frontera de Ucrania hacia las vecinas Polonia, Eslovaquia, Hungría, Moldavia y Rumania. Multitudes de personas aterrorizadas y exhaustas abordaron los trenes y esperaron durante días en los cruces fronterizos.

En toda Europa, se han registrado alrededor de 8 millones de refugiados, según cálculos de la ONU basados en datos de los gobiernos nacionales, y casi 5 millones de ellos han solicitado protección temporal. Los expertos dicen que esos números son fluidos —algunas personas los solicitan en más de un país—‚ pero concuerdan en que es el mayor movimiento de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de los refugiados de conflictos recientes en el Oriente Medio y África, los ucranianos fueron recibidos en gran medida con enorme compasión y ayuda.

Sin embargo, aunque los refugiados ucranianos han encontrado seguridad, no han encontrado la paz.

Sufren traumas y pérdidas: desplazados de sus vidas, separados de sus familiares, con temor por sus seres queridos atrapados en áreas ocupadas por los rusos o que luchan en el frente. Los niños están alejados de los padres, los abuelos, las mascotas. Otros no tienen familia ni hogares a donde regresar.

La mujer de Jersón habló con la AP este mes en un centro de terapia de Varsovia administrado en asociación con la UNICEF. Insistió en el anonimato: teme por la seguridad de su esposo y otros familiares en las áreas ocupadas por los rusos.

No le gusta hablar de sí misma. Pero tiene un objetivo: que el mundo vea lo que hacen las tropas rusas. “Incluso ahora, tengo miedo”, dijo, y se secó los ojos con las uñas de color pastel y un pañuelo desechable con el que jugueteaba. “¿Lo comprendes?”.

Se encuentra entre los refugiados que buscan tratamiento para el trauma, casi siempre por parte de psicólogos ucranianos que también huyeron de sus hogares y luchan con su propio dolor y pérdida. Ninguna agencia tiene cifras definitivas sobre los refugiados en tratamiento, pero los expertos dicen que el costo psicológico del conflicto es enorme, con tasas de ansiedad y depresión que se disparan.

En el centro de Varsovia, los psicólogos describen el tratamiento de niños que lloran, adolescentes separados de todo lo que conocen, madres que, sin darse cuenta, transfieren el trauma a sus hijos.

Un paciente, un niño de Mariúpol, fue utilizado como escudo humano. Su cabello ya ha comenzado a encanecer. La casa del terapeuta que lo atiende fue destruida por una bomba rusa.

La salud mental de los refugiados es una prioridad para las organizaciones de ayuda, grandes y pequeñas, incluso mientras trabajan para satisfacer las necesidades de vivienda, trabajo y educación.

Anastasia Gudkova, una ucraniana que brinda apoyo psicológico a refugiados en un centro de recepción de la organización humanitaria no gubernamental Norwegian Refugee Council (Consejo Noruego para los Refugiados), en Varsovia, dijo que las personas más traumatizadas que conoce provienen de Mariúpol, Jersón y otros territorios ocupados. Quienes huyen de los bombardeos en Kiev, Járkov y Zaporiyia también llegan aterrorizados.

Pero hay dolor incluso para aquellos de áreas relativamente más seguras en el oeste de Ucrania, dijo: “Todos los ucranianos, sin importar su ubicación, están bajo mucho estrés”.

Según la agencia de refugiados de la ONU, el 90% de los ucranianos que ha buscado refugio en el extranjero son mujeres, niños y ancianos.

Los psicólogos ven que las mujeres luchan para poner buena cara por los niños y tratan de sobrevivir en países donde a menudo no hablan el idioma. Muchas mujeres con educación superior han aceptado trabajos para limpiar casas de otras personas o en cocinas de restaurantes.

Las más afortunadas pueden continuar con su trabajo a distancia desde el exilio o empiezan a vislumbrar una nueva vida.

En enero pasado, Anastasia Lasna planeaba abrir su propia panadería en Nicolaiev después de encontrar el éxito al proporcionar a empresas sus alimentos veganos y postres saludables. Hoy dirige una despensa de alimentos del Centro Comunitario Judío en Cracovia, que ha ayudado a unos 200.000 refugiados ucranianos, y se integra a la creciente comunidad judía de la ciudad del sur de Polonia.

Tiene ciudadanía israelí, pero no quiere vivir en otra tierra marcada por el conflicto. Acompañada ahora en Cracovia por su esposo y su hija de 6 años, no puede imaginar el regreso a su antiguo hogar.

“No hay futuro allí”, dijo.

Pero muchos refugiados todavía sueñan con volver a casa. Su creencia de que Ucrania finalmente prevalecerá les ayuda a salir adelante.

El pasado 23 de febrero, Maryna Ptashnyk estaba en los montes Cárpatos para celebrar sus 31 años con su esposo y su hija. Durante meses, las fuerzas rusas habían rodeado su país; oleadas de ansiedad le sobrevinieron mientras se preguntaba si habría “una gran guerra”. Así que apagó su teléfono por su día especial.

Fue la última noche de paz para Ucrania, la última noche de normalidad para Ptashnyk. A la mañana siguiente, su esposo, Yevhen, la despertó y le dijo que Kiev era bombardeada.

Ahora Yevhen está en el ejército ucraniano y revista en una unidad de artillería cerca de Soledar, en el este de Ucrania, un área de combates brutales. Ptashnyk vive sola con su hija de 3 años, Polina, en un pequeño apartamento en los suburbios de Varsovia.

Aunque Polina se adapta bien en un jardín de infantes polaco, su madre nota el estrés.

“Durante el último año, a menudo me pregunta sobre la muerte, sobre cuándo moriremos”, dijo.

Polina ve a otros niños con sus padres, pero ha visto al suyo solo tres veces desde que comenzó la guerra. En una visita reciente a su casa, lo abrazó. “Papá es mío”, declaró.

Para la mujer de Jersón, tratar de enfrentar el trauma de su tortura es solo uno de varios retos. También debe encontrar empleo para pagar un apartamento en Varsovia, que es ahora hogar de más refugiados ucranianos que cualquier otra ciudad.

La afluencia de personas ha exacerbado la escasez de vivienda y causado que los precios de alquiler aumenten en medio de una alta inflación —un problema en muchos países que reciben refugiados—.

La madre lucha para crear un hogar, una sensación de normalidad. El dolor físico y las cicatrices la persiguen, pero la falta de apoyo moral es lo que más le duele algunos días.

La familia de su esposo en Rusia apoya la invasión. Lo peor de todo es que él y otros seres queridos continúan atrapados en el territorio ocupado por los rusos.

“Ahora estoy a salvo, pero es muy peligroso allá”, dijo. “Y no puedo saber si sobrevivirán”.

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