Opinión

Antonieta Rivas Mercado

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Haber vivido en la época de Porfirio Díaz, ser la hija del entonces mejor arquitecto de México (Antonio Rivas Mercado), gozar de opulencia, con acceso a una educación académica de calidad y moviéndose como pez en el agua con los grandes intelectuales del país, pudiera ser para muchos, una vida de ensueño; pero para Antonieta, no significó nada. Y es que más allá de ser una mujer con la vida aparentemente resuelta, su destino trágico pareciera marcarla desde la infancia.

Desde su nacimiento, no fue la hija predilecta de su madre Matilde Castellanos Haaf, pero sí la del arquitecto. Con rasgos físicos que, para los estándares de belleza de su madre, no eran los mejores, sufrió de cierta discriminación en su propio hogar.

En lo personal, la belleza de Antonieta era diferente al resto de las mujeres de la época. Su mirada era enigmática, una gran ventana que dejaba al descubierto el sufrimiento que arrastraba por años al no sentirse amada como ella siempre deseó ser, y quizá desde niña.

A los dieciocho años de edad, se enamora del ingeniero inglés Albert Edward Blair, quien era amigo de los hermanos Madero. A pesar de conseguir el permiso de su padre para contraer nupcias con un hombre mucho mayor que ella, el matrimonio no duró mucho. Fruto de esta relación nace su unigénito Donald Antonio Blair.

Sin embargo, no es el único que ocupó un lugar importante en el corazón de la mexicana. Existió un hombre que logró que su corazón se estremeciera, con quien compartía el gusto por el arte y la escritura, a través de cartas llenas de amor que no eran del todo bien correspondidas. Se trató de Manuel Antonio Rodríguez Lozano, pintor, perteneciente al grupo de Los Contemporáneos. Estuvo casado con María del Carmen Mondragón Valseca, también conocida como Nahui Olin, pintora y poeta mexicana hija del militar Manuel Mondragón, nacida en el seno de una familia acaudalada del Porfiriato, a finales del siglo XIX.

Para 1929, conoce a José Vasconcelos, dos años más tarde de su fallido romance con Rodríguez Lozano. Mucho se habla del tórrido romance que sostuvo con el entonces aspirante a la Presidencia de México, José Vasconcelos, quien vio en Antonieta a una mujer llena de energía y pasión, pero no lo suficiente como para quedarse con ella. La activista mexicana apoyó incondicionalmente el sueño político Vasconcelos, financia su campaña política y electoral… Pero no llegó a ocupar el cargo. La relación termina y quien después se convirtiera en el primer secretario de Educación del país, decide alejarse para siempre de Antonieta, causándole otra terrible decepción.

Viéndose obligada a viajar por temas de salud mental y emocional, radica en París, en donde se reencuentra con viejas amistades, pero nunca con ella. El 11 de febrero de 1931, decide arrebatarse la vida en la Catedral de Nuestra Señora de París, con el mismo revolver que siempre acompañaba a Vasconcelos. La Catedral se designa Non Santa por un largo periodo.

El cuerpo de Antonieta fue sepultado el tiempo obligado, después de esto, no se reclamaron sus restos y quedó en la fosa común. Nadie amó como ella, nadie entregó tanto como ella. Fiel a la difusión del arte y la cultura, con la herencia que recibió al morir su padre, fundó La Sinfónica Nacional y el Teatro Ulises, solo por mencionar algunos proyectos.

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