Hasta hace unos años, el talento era una carta de presentación. Cocinar bien, reparar cosas, hablar en público, tener buena memoria o saber contar historias eran habilidades que daban prestigio en la vida cotidiana. En la era del algoritmo, estas destrezas fueron desplazadas por una nueva moneda de cambio: la visibilidad. ¿De qué sirve ser bueno en algo si nadie lo ve?
La capacidad de llamar la atención ha superado al mérito. Alguien puede cocinar de maravilla, pero si su receta no se vuelve viral en redes sociales, nadie la probará. Un gran mecánico será irrelevante si su competencia entiende mejor el lenguaje del contenido patrocinado en línea. Saber hablar con claridad es menos valioso que saber editar un video corto.
Está a la vista: hoy, lo que importa no es cuánto dominas un arte, sino qué tan bien encajas en la lógica del scroll infinito. En TikTok, la bailarina sin técnica supera a la profesional. En Instagram, el fotógrafo casual tiene más alcance que un maestro de la composición.
El talento, tal como lo entendíamos, ha perdido su valor. Ya no se trata de cuánto tiempo inviertes perfeccionando una habilidad, sino de qué tan rápido puedes convertirla en un espectáculo viral. El chiste fácil, el sobrenombre pegajoso y un baile que no harías, a menos que seas candidato a lo que sea, parece ser la fórmula para ser vigente.
¿Cuál es la causa de esto? Solemos quejarnos de la mediocridad, pero consumimos lo efímero con devoción. Queremos películas profundas, pero pasamos horas cautivos en videos de 15 segundos. Admiramos a los grandes escritores, pero apenas leemos el prólogo. Celebramos la música sofisticada, pero nuestro historial de Spotify cuenta otra historia.
No es el talento el que está en crisis. Somos nosotros, que hemos sacrificado la profundidad por la inmediatez, el esfuerzo por el atajo. Queda la duda de si en algún momento nos daremos cuenta del cambio o si simplemente nos dejaremos llevar, deslizándonos por la pantalla, olvidando lo que hace apenas dos semanas nos parecía imprescindible.
