Opinión

Cuando la narrativa oculta la amenaza

Durante años, el mundo ha aprendido a convivir con una idea cómoda: que los conflictos más complejos pueden resolverse con paciencia, diálogo y buena voluntad. Suena bien. Tranquiliza. Pero no siempre es cierto.

Hay momentos en la historia en los que esa narrativa no solo es insuficiente… es peligrosa.

Imaginemos por un instante a un médico que, frente a una enfermedad agresiva, decide no actuar con firmeza porque teme que el tratamiento sea “demasiado invasivo”. Mientras tanto, la enfermedad avanza, se fortalece y se vuelve más difícil de contener. El problema no es solo la enfermedad. Es la decisión de no enfrentarla a tiempo.

Algo similar ocurre hoy en el escenario internacional.


Durante años, se ha construido una percepción en la que ciertos regímenes son presentados como actores racionales, susceptibles de moderarse mediante incentivos económicos o acuerdos diplomáticos. Bajo esa lógica, se han relajado sanciones, se han abierto canales de negociación y se ha apostado por la contención pasiva.

Pero los hechos cuentan otra historia.

Lejos de moderarse, estos regímenes han fortalecido sus capacidades militares, han perfeccionado estrategias de confrontación indirecta y han desarrollado herramientas que les permiten presionar sin asumir responsabilidad directa. No se trata de errores aislados. Se trata de modelos estructurados de poder.

Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, pero necesaria.

Porque el verdadero problema no es solo la amenaza en sí. Es la forma en la que se ha interpretado —o malinterpretado— durante años.

Se ha normalizado la idea de que la firmeza es provocación, mientras que la pasividad es prudencia. Se ha llegado incluso a cuestionar más a quien responde que a quien agrede. Y en ese proceso, se ha generado una distorsión peligrosa: la realidad comienza a ajustarse a la narrativa, en lugar de que la narrativa se ajuste a la realidad.

Cuando eso ocurre, se pierde claridad. Y sin claridad, no hay estrategia.

Los datos son contundentes. El fortalecimiento de capacidades ofensivas, la expansión de redes de influencia y el uso sistemático de mecanismos de presión indirecta no son señales de moderación. Son señales de preparación.

Preparación para resistir. Preparación para avanzar. Preparación para imponer condiciones.

Y frente a eso, la inacción no es neutral. Tiene consecuencias.

Cada concesión mal diseñada, cada lectura optimista sin sustento, cada decisión basada en percepciones y no en hechos, va construyendo un escenario más complejo, más costoso y más riesgoso de corregir en el futuro.

Pero hay algo aún más profundo. Este no es únicamente un tema geopolítico. Es un tema de valores.

Porque en el fondo, lo que está en juego es la forma en la que entendemos conceptos fundamentales como la libertad, la dignidad humana, la responsabilidad y el respeto a la vida. Cuando estos principios se relativizan en nombre de la conveniencia o la estabilidad momentánea, se abre la puerta a modelos que no los comparten ni los respetan.

Nosotros debemos ser claros y firmes: estamos a favor de los valores que han permitido el desarrollo de las sociedades abiertas, del Estado de derecho, de las libertades individuales y de los derechos humanos. Y, en ese mismo sentido, estamos en contra de cualquier forma de radicalismo y fanatismo que busque imponer visiones únicas, suprimir libertades o justificar la violencia como herramienta de poder.

Y eso, tarde o temprano, tiene impacto global.

Por eso es fundamental recuperar algo que parece obvio, pero que en la práctica se ha ido perdiendo: la capacidad de llamar a las cosas por su nombre.

No toda negociación es señal de paz.

No toda contención es estrategia.

No toda narrativa dominante refleja la verdad.

El liderazgo real —en cualquier ámbito— comienza con un acto de honestidad: entender la realidad como es, no como nos gustaría que fuera.

A partir de ahí, se construyen decisiones responsables.

Decisiones que no buscan el aplauso inmediato, sino la estabilidad de largo plazo. Decisiones que entienden que prevenir siempre será menos costoso que corregir. Decisiones que reconocen que la firmeza, bien aplicada, no es agresión… es protección.

Hoy más que nunca, necesitamos esa claridad.

Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre amenaza y discurso, entre hechos y narrativas, entre prudencia y omisión, deja de ser dueña de su destino.

Y recuperar esa claridad no es tarea de unos cuantos. Es responsabilidad de todos.

Gobiernos, instituciones, líderes, ciudadanos: todos tenemos un papel que jugar en exigir verdad, en analizar con criterio y en no aceptar explicaciones cómodas cuando la realidad muestra algo distinto.

Pasar de la protesta a la propuesta, y a la acción cuando es necesario, también implica esto: no conformarse con narrativas, sino construir entendimiento.

Porque al final, la seguridad, la estabilidad y la paz no se sostienen en percepciones.

Se construyen sobre decisiones firmes, informadas y responsables.

Hacer el bien, haciéndolo bien!

@LuisWertman

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