Opinión

Columna Itinerante: Japoneses en México, mexicanos en Japón

Turistas japones en México
Turistas japones en México

México es el único país surrealista

André Breton

Son conocidos los casos de japoneses que vienen a vivir a México y de mexicanos que se mudan a Japón. Como en todo intercambio, algo se pierde y algo se gana. Comentemos algunos detalles de dichas experiencias.

Algunos japoneses, encuentran –como muchos extranjeros—en México un oasis de vida, la ocasión de reiniciar sus vidas, conectar con sensaciones y sabores hasta entonces desconocidos, a través del variado tesoro gastronómico y turístico, también en cómo se vive y expresa la cultura mexicana; la gente habla, conversa, se pelea y apasiona, comparten las calles y baquetas, la vida y sus placeres; las prácticas formales y protocolarias pasan a segundo o tercer plano, el mexicano destaca los afectos, algo que le trae lo mismo alegrías como tragedias y luchas, pero al final, “sigue siendo el rey”, como canta José Alfredo Jiménez.


En México (del náhuatl Mēxihco: “en el ombligo de la luna”) muchos japoneses han encontrado la ocasión de liberarse del peso del pasado, la tradición y el honor familiar, tan hermoso y sublime como pesado; la rigidez de su educación y cultura, cosas que en algún momento pueden extrañar, sobre todo cuando se enfrenten a las bondades y mieles de la burocracia mexicana, cuando algo del servicio público no funciona o funciona al estilo mexicano, la mexicanada.

La comida, la vida relajada, expresar el amor y dar abrazos, son cosas que los orientales en general y los japoneses, en particular, agradecen y valoran mucho de México. El amor de pareja, familia y amigos, el poder abrazar y decir te quiero, el poder bailar, el sentir que su vida cuenta de por sí, por la gente y los amigos, y no tanto por el honor forjado a base de sacrificio y renuncias, por la fidelidad ciega a la empresa y a los jefes donde trabaja.

Por su parte, los mexicanos en el imperio del sol naciente encuentran finalmente una ciudad limpia y ordenada, un lugar de ensueño donde realmente pueden sentirse seguros y su trabajo es valorado y da para vivir, donde la gente es respetuosa del otro, ¿acaso ha oído a usted la historia de algún japones colocando una bocina a todo volumen en su casa en la madrugada porque su tío cumplió años o porque un familiar falleció y tiene 3 días de velorio-fiesta?

Recuerdo a un joven ingeniero que conocí, quien me decía que él a pesar de ser mexicano después de una semana en su primer viaje a Japón se había sentido finalmente como en casa, conectando de inmediato con la cultura y la gente; había estudiado el idioma, por lo tanto, su nivel de japonés le habían permitido entrar de lleno en la interacción del día a día, algo que se convertiría en una opción laboral y de vida en el futuro inmediato. “Valoro mucho la educación y el respeto por el otro, de entrada, no buscan abusar de los demás” –me decía.

Como todo viaje e intercambio cultural, no sólo es un desplazamiento geográfico sino subjetivo, un movimiento que permite salir para poder entrar, perder para ganar, y quizás en el inter, encontrar algo que, sin saber, que se andaba buscando, nos ofrece la ocasión de conectarnos con un sentido muy nuestro, muy singular, ahí, al otro lado del mundo, tanto para mexicanos como para japoneses. ¡A toda madre! Totemo sugoi desu ne!

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