Opinión

Extremadura bajo el peso de la conquista

Cortés no fue un ladrón que salió de prisión para ir a América, como me contaron algunos de mis maestros de historia

Una petición en línea ya reúne firmas de mexicanos que respaldan enviar los restos de Cortés a España.
Pocos saben –incluso en Extremadura—que los restos de Cortés se encuentran en el Hospital de Jesús en la Ciudad de México (Foto: INAH)

A propósito de la controvertida visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid a México, Isabel Díaz Ayuso, que incluso interrumpió su gira luego del retiro de la invitación promovido por Grupo Xcaret, traigo la crónica de un viaje de hace algunos años justo a la tierra de aquellos que llegaron de Castilla a someter a las civilizaciones radicadas en Mesoamérica:

¿Vas a dónde nacieron esos inmundos conquistadores que vinieron a someter a los nuestros en nombre de dios y la corona española?, una parte de mi me planteó esa pregunta hasta el momento que abordé a media tarde, el avión que tras nueve horas y media me llevó desde la Ciudad de México a Madrid. Sí, un conflicto entre lo que me enseñaron, lo que he leído y escuchado a lo largo de estos años y lo que pienso que creo con relación al tema. Hay muchos tabúes que romper y por eso me encaminé a la tierra de los que vinieron al nuevo mundo a principios del siglo XVI.

Es evidente que la España de aquellos tiempos, recién reconquistada por los reinos de Castilla y León y arrebatada a los árabes, es distinta que la que hoy día sigue sorteando la crisis económica como parte de la Eurozona en pleno Siglo XXI, ese es el primer parámetro que insistí en entender antes de pasar migración en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas y dirigirme a Cáceres, una de las ciudades con más historia de la región de Extremadura.

Como cualquier viaje que nos mueva la mente y el espíritu, vale la pena realizarlo dejando de lado las preguntas, esas que muchas veces resultan ociosas y sin un valor tangible real.


LUSITANOS, ROMANOS, VISIGODOS Y ÁRABES

Llegué a Cáceres luego de unas 3 horas de carretera desde Madrid, Francisco –quien se encargó de trasladarme entre ciudades—abrió la plática con mucha cautela cuando llegamos al tema de Hernán Cortés y Francisco de Pizarro, ambos vistos como héroes en Extremadura, hay un cierto dejo de incertidumbre cuando se trata el tema con la gente de México, hay en términos generales un muy claro entendimiento de lo que hicieron estos ejércitos –con buena parte de extremeños—en el nuevo mundo, al grado que la denominada “ruta de los conquistadores” ha sido renombrada como “ruta de los descubridores”.

Extremadura es una de las diesiciete comunidades autónomas del Reino de España, su territorio lo comprenden las provincias de Cáceres y Badajoz, su origen étnico se le atribuye a los lusitanos –una de las variantes celtas en la península ibérica—y son resultado del choque cultural de lusitanos, visigodos, romanos, árabes y cristianos procedentes de otros reinos de la región. Están en la zona centro occidente de España y comparten una amplia frontera con Portugal. Uno de los datos curiosos que encontré es que, a pesar de no tener mar, cientos de extremeños se alistaron en el siglo XVI en la Armada Española, cosas del destino.

Desde la plaza principal de Cáceres, recorrí con María de Jesús Pérez –una de las guías oficiales de la comunidad—las plazas, callejones y palacios, uno de ellos destinado a los descendientes de Moctezuma Xocoyotzin, el palacio de Toledo-Moctezuma, donde habitaron los nietos de Tecuichpo Ixcaxochitzin, hija del emperador Azteca --bautizada por Hernán Cortés como Isabel de Moctezuma—que tuvo varios matrimonios forzados con los españoles que tomaron el control de México-Tenochtitlán en 1521. Es uno de los pocos sitios donde la estirpe de un noble mexica formó parte de la nobleza española y tuvo los privilegios a los que pocos accedieron en aquellos siglos.

El centro histórico de Cáceres, es uno de los tres mejor conservados de Europa de acuerdo al propio organismo de la Unión Europea encargado de tales catálogos, cada palacio tiene una historia peculiar de familias nobles, unas que siguen conservando riquezas y poder, otras que cayeron en la miseria y cuyos grandes edificios son ahora museos propiedad del estado español. La conquista de América se refleja en gran parte de la arquitectura y la decoración de los palacios, no solo con ornatos de oro y plata, sino con motivos de nuestras culturas prehispánicas e historias reflejadas en obras de arte que mostraron en aquella época, las maravillas que hallaron en las tierras americanas.

La capital de Extremadura es Mérida, una de las cuatro que existen alrededor del mundo y que tomaron su nombre en recuerdo de esta. En Mérida, España, pude entender que este pueblo –el español—padeció lo mismo que los nuestros en América, con la diferencia que lo vivieron muchos años antes y no les dejó nada que aprender al respecto. Los lusitanos habitaban estas zonas hasta que el imperio romano llegó a conquistar la península ibérica –que curiosamente, fue llamada Iberia por los griegos por la gran cantidad de conejos que vieron en sus costas--, los romanos la llamaron Hispania y combatieron con los nativos hasta someterlos. El emperador César Augusto mandó fundar una ciudad para que vivieran aquellos soldados retirados por edad y que fueron héroes para el imperio, así nació Augusta Emérita, el nombre original de Mérida, soldados en retiro y familias de rancio abolengo romano llegaron de otras regiones del imperio a vivir y crear una gran ciudad. Siglos más tarde tras la caída de los romanos, los visigodos llegaron del norte a invadir hasta que los árabes tomaron el control de casi toda la vieja Hispania, los árabes llamaron Mérida a esta ciudad. En las calles del centro se ven las construcciones romanas destruidas, sobre ellas los grandes muros árabes, las cisternas transformadas en aljibes –donde sólo cambió la decoración—y sobre estos vestigios, las grandes iglesias católicas de la España reunificada.

Aquí los que llegaban destruían las grandes construcciones que hallaban y con las mismas piedras, edificaban sus casas y templos, lo mismo que hicieron los españoles varios siglos después en México y el resto de América. No cabe duda que la historia es cíclica y las calles y museos de Mérida, España me lo corroboraron una piedra tras otra. Queda casi intacto el gran teatro romano, una verdadera joya arquitectónica, lo mismo el anfiteatro donde bestias y gladiadores se jugaban la vida, el circo romano y algunos foros, esos espacios precursores de la plaza pública donde se discutían desde los temas más intrascendentes hasta las decisiones más importantes para la ciudad.

COMER Y COMER BIEN

No todo el tiempo me metí en los hilos que unen nuestra historia mestiza con la de la milenaria Extremadura, a un pueblo se le conoce por los restaurantes y los merenderos, alguna vez me dijo un viejo. A lo largo de los siglos en estos rincones de Europa se han especializado en la conserva de alimentos, pero no en aquella con químicos que hoy la Organización Mundial de la Salud nos advierte que provoca cáncer, en la vieja usanza donde con sal y mucho trabajo se podía conservar la carne y el queso para que en los crudos meses del invierno, la gente tuviese qué comer.

Hay una raza de puercos endémica de esta región, la llaman cerdo ibérico y es muy parecido al que conocemos en México, solo que de color oscuro, con bastante pelo y con la trompa puntiaguda, de él obtienen el tan afamado jamón ibérico en todas sus distintas clases. Cuando le hablé del jamón serrano a Pepe Alba –cortador profesional de jamón—se quiso morir, la única diferencia entre ambos, el serrano y el ibérico es que el primero viene de cualquier puerco, el segundo de la raza ibérica solamente.

Para la gente en Extremadura el tema del jamón no corresponde a un embutido, no lograba entenderlo hasta que salí con Pepe a la Dehesa extremeña, un ecosistema donde se conserva el bosque original de encinos y se incorpora la ganadería local, esto es, borregos, caballos, vacas, toros de lidia, cabras y puercos. En el caso del jamón, los cerdos ibéricos desde que nacen se llevan a algunas regiones de la Dehesa para que vivan alrededor de 18 meses, luego entonces en el último otoño antes de sacrificarse, se llevan a la montanera, es decir, los dejan en un pedazo de Dehesa donde las bellotas del encino caen porque maduraron y, durante dos o tres meses es todo lo que comerán junto con hierbas que crecen junto a los encinos. Viene el sacrificio, luego el proceso en que se salan artesanalmente los jamones (las patas traseras) y las paletas (las patas delanteras), después de ello las curan colgadas en sitios oscuros durante dos o tres años para que estén listas.

Me recordó mucho a la elaboración del mezcal, son evidentemente productos y situaciones distintas, uno destilado artesanal, el otro embutido, sin embargo la cantidad de personas que intervienen en el proceso artesanal, me llevó a ver lugares comunes entre ambos productos, donde se pone más que el trabajo, la tradición familiar, el terruño y la pasión por la vida en estas tierras en cada cerdo y en cada jamón. Lo mismo con el queso de cabra, de vaca y borrego, curados y elaborados por manos que llevan lo mismo recetas romanas, que árabes y lusitanas de los productos de esta tierra. En síntesis todos ellos una delicia al paladar, igual que las pitarras, esos vinos sencillos que cada familia elabora en sus fincas y almacena como auténticos vinos de casa. Cáceres es este año capital gastronómica de España y Mérida será el año entrante, capital iberoamericana de la gastronomía.

CORTÉS Y PIZARRO

Hernán Cortés, héroe extremeño que le significó a la naciente España del Siglo XVI comenzar a convertirse entonces, en el imperio más poderoso del mundo, nació en Medellín, un pintoresco pueblo de Extremadura que conserva a un costado de su plaza principal, una fortificación árabe, de las más grandes de la región. En el centro de la plaza está la estatua de Cortés, viendo al horizonte, en los costados los nombres de México, Tlaxcala, Otumba y Tabasco (escritos con los errores ortográficos propios de castellanización de dichos nombres). Ahí se encontraba la casa donde nació, sin embargo Eulalia Gijón, guía oficial de la comunidad me narra que a principios del siglo XX decidieron modernizar el pueblo y tiraron todas las viejas construcciones, sólo queda un trozo de los cimientos de aquella vieja casa y una piedra que yace con la inscripción: aquí estuvo la habitación donde nació Hernán Cortés en 1485.

Cortés no fue un ladrón que salió de prisión para ir a América, como me contaron algunos de mis maestros de historia, era hijo de un comerciante y se graduó en derecho en la Universidad de Salamanca –cosa que no le resta la forma sanguinaria como tomó Tenochtitlán y a los mexicas--, era un hombre muy entusiasta que lo llevó a alistarse en la Armada Española para partir al nuevo mundo. La historia es distinta para su primo segundo Francisco de Pizarro, hijo bastardo de Gonzalo Pizarro –producto de una de esas noches propias del derecho de pernada de la época--, nació en Trujillo y su falta de reconocimiento oficial, lo llevaron a cruzar el Atlántico sin una preparación previa casi en nada.

Ambos personajes tuvieron su ciclo de victorias y derrotas, Cortés al someter al imperio Azteca con la ayuda de otros pueblos de la región y convertirse en héroe para la corona española y luego morir reclamando sus tierras americanas en Castilla en 1547. Pocos saben –incluso en Extremadura—que los restos de Cortés se encuentran en el Hospital de Jesús en la Ciudad de México, que él mismo mandó construir una vez que arrebató la urbe a los mexicas. Pizarro, menos racional y más sanguinario sometió a los Incas, fue un héroe también para la corona española y su estatua se deja ver en la plaza central de Trujillo, su destino fue morir a manos de otro soldado español allá en Lima, Perú.

Más allá de glorificar o satanizar a ambos personajes, al recorrer las calles de Medellín y Trujillo en Extremadura, al conversar con la gente, con cronistas, guías e historiadores, pude entender un poco del pensamiento de un aventurero del Siglo XVI al servicio de la armada española, no se trata de justificar la crueldad histórica pero sí de entender el contexto que dio vida a lo que somos, mestizos descendientes de indígenas y españoles, muchos de ellos que salieron desde estas tierras extremeñas.

Después de escuchar, caminar, observar, comer y conversar un poco con la gente extremeña, el rencor histórico se convierte en una resignación que termina siendo entendimiento del cómo y el por qué de la historia entre España y México, somos hoy en día herederos también de esa historia que se gestó en la península ibérica, de las invasiones romanas, árabes y visigodas mezcladas con la sabiduría y el poder mitológico de nuestros antepasados indígenas. Hasta no estar aquí en Extremadura lo entendí y le ha sucedido a decenas de los nuestros después de recorrer esta extensa comunidad española.

LA VIRGEN DE GUADALUPE

Uno de los pueblos más pintorescos en Extremadura es Guadalupe, ahí entre las montañas creció alrededor del Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, una construcción gótica impresionante que emerge de las colinas y pareciera una ciudad dentro de un pueblo. Aquí comienza la verdadera controversia con las creencias que nos inculcaron desde hace casi cinco siglos.

Un empresario turístico de la región, José Antonio Montero me guió por el geo parque que comprenden los picos por encima del monasterio y hasta la puerta del gran templo, a partir de ahí sólo los guías autorizados por la orden franciscana encargada del monasterio pueden llevar a los visitantes.

La leyenda dice que San Lucas, uno de los apóstoles –suponiendo sin conceder—que marca el Nuevo Testamento, además de haber conocido personalmente a la Virgen María, talló en madera negra una figura de ella y el niño Jesús, esta imagen rondó por toda Europa hasta llegar aquí a Extremadura, luego entonces cuando los árabes invadieron la península ibérica, un cristiano la escondió a un costado del río Guadiana para que la imagen no tuviera el destino de las representaciones cristianas en manos árabes: la destrucción.

Siglos más tarde, cuando desde Asturias comenzó la reconquista cristiana y los reinos de Castilla y León integraron la España que conocemos y tomaron la tierra de Extremadura, un pastor de nombre Gil Cordero –que otras fuentes históricas aseguran se llamó Gil Santamaría—halló el lugar donde aquella imagen estaba enterrada, ¿cómo?, se le murió una vaca en la ribera del Guadiana y de pronto resucitó –cuenta la leyenda-, llamó al obispo de Cáceres al lugar, cavaron y encontraron la imagen tallada con la virgen a la que llamaron Guadalupe, que en árabe significa “río escondido” (غوادالوبي o Wad Al Luben), precisamente porque estuvo la imagen cientos de años escondida sin ser hallada por los árabes. Ahí comenzó la leyenda.

Se erigió el gran monasterio y fue la orden de los Jerónimos los encargados del sitio, aquí se reunió Cristóbal Colón con los Reyes Católicos para plantearles el viaje a las indias, aquí la nueva hispanidad fundó parte de su nueva creencia cristiana. Tanto Cortés como Pizarro y los cientos de hombres que llegaron a América eran devotos de esta virgen, la virgen morena de Extremadura. En este monasterio se bautizaron a los primeros dos indígenas americanos traídos por Colón como muestra a los Reyes Católicos del nuevo mundo.

Ya hay muchas historias documentadas con relación a la invención que hicieron los evangelizadores en México, cuando crearon el mito de la aparición a Juan Diego en el mismo lugar donde los mexicas adoraban a la Tonantzin, la diosa madre, figura que embonó a la perfección con la deidad mariana del catolicismo. Antes de recorrer el monasterio vi en mi computadora la película que creo yo, mejor documenta esta historia, “El Nuevo Mundo” de Gabriel Retes del año 1978, duramente censurada por la jerarquía católica en México.

En uno de los museos en el pueblo, donde se exhiben los diferentes cultos a la Virgen de Guadalupe en el mundo está la réplica de la imagen que tenemos en el altar de la Basílica del Tepeyac, claramente se cataloga como una obra de arte y se le atribuye –como cuenta la historia—al indígena Marcos Cipaq de Aquino, quien fue obligado por los clérigos a pintar el cuadro inspirándose en la Virgen de la Inmaculada Concepción que está en el Coro del templo de la Virgen de Guadalupe de Extremadura, no en la Guadalupe que ocupa el altar mayor sino en la representación de madera de la Inmaculada que se ubica en el coro de la iglesia, ¿la razón?, los extremeños de aquella época eran muy celosos de su fe y sí creían en la Virgen de Guadalupe, se les hizo un verdadero pecado reproducirla y optaron por mandar pintar la figura de la Inmaculada que está en el coro de la iglesia, solamente que sin niño en los brazos.

En mi recorrido pude conversar con varios padres franciscanos—orden religiosa que hoy día se encarga del monasterio--, los tres coincidieron en que la historia de las apariciones de Juan Diego son una hermosa leyenda carente de toda verdad, incluso reconocen que la imagen que veneran muy posiblemente no fue tallada por San Lucas sino fue obra de un artista sacro de los años mil trecientos, durante el período de defensa de la cristiandad. Me dijeron también que no hay relación alguna con el santuario del Tepeyac en México que adora a la misma virgen, a pesar de los intentos de acercamiento. Los tres me pidieron omitir sus nombres por lo espinoso que resulta el tema, sobre todo para la jerarquía católica mexicana.

Antonio Arévalo, sacerdote encargado de la oficina de información del real monasterio estuvo dispuesto a conversar conmigo del tema en una cita que cuadramos, hasta que supo que mi profesión era periodista, ahí la canceló argumentando que tenía que preparar la misa nocturna. Asistí a la misa, le esperé al término de la misma pero ni una palabra quiso cruzar con este reportero.

Me llamó la atención lo que uno de los franciscanos me dijo, que más allá del mito e incluso la mentira que los evangelizadores españoles usaron para convertir a los indígenas, lo que se debe preservar y rescatar es la fe en la Virgen María, desde su perspectiva suena lógico, no desde la mía que busca la verdad por sobre todas las cosas, pero tomando en cuenta la religiosidad de los nuestros en México (desde épocas prehispánicas), esa fe persiste aunque nada mal haría reconocer las verdades históricas como lo hizo el propio Guillermo Schulenburg, ex abad de la Basílica de Guadalupe quien confirmó que la historia de Juan Diego no existió. “¿Cuánto durará el engaño?” se preguntan los sacerdotes españoles en la película de Retes, “Quizás unos años, quizás siempre, depende de los indios” se respondían.

En el Monasterio de Guadalupe no hay registro alguno de las palabras de Zumárraga –el obispo al que Juan Diego le enseñara el ayate con la virgen--, tampoco en México. Venir hasta aquí más allá de tener un sentido anti religioso, me permitió comprender el origen de los mitos, de las leyendas que con el paso de los siglos se convirtieron en una mística (o mentirosa) verdad, como son las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.

Actualmente una parte del monasterio se convirtió en un hotel boutique, administrado por los propios franciscanos para albergar a los peregrinos que puedan pagarlo y, como otra forma –supongo yo—de obtener recursos económicos para el monasterio.

TIERRA DE GENTE BUENA

Recorrer Extremadura es una experiencia fuerte a los sentidos, contrastes históricos, caída de mitos, entendimiento del pasado, buena comida y buenos vinos pero sobre todo, compartir la vida cotidiana de esta gente buena que habita estos rincones de España, no hubo momento en que me quedara sin una respuesta o sin un comentario bueno con relación a nuestra patria. La mayoría son muy cautelosos con los temas de la conquista y la Guadalupe, pero al final comparten sus historias y sus creencias en muy buen sentido.

Lo más curioso es que viajé por un lugar no muy lejano ni histórica ni geográficamente del nuestro y experimenté todo tipo de sensaciones, desde la duda hasta la impotencia, del entendimiento a la impasividad. Volvería una y diez veces para aprender más de cómo surgió parte de nuestro pensamiento como sociedad mexicana, que tiene en gran medida su origen aquí, en Extremadura, España, tierra de hermosos paisajes, de místicas ciudades y sobre todo, de gente buena.

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