La viabilidad de una metrópoli frente a un acontecimiento global de la escala de la Copa del Mundo no está en la espectacularidad de megaedificios sino en la resistencia estructural y adaptativa de su red diaria.
El debate público se ha entrampado en una narrativa simplista de una supuesta ausencia de obras públicas de cara al torneo, equiparando la falta de estructuras colosales con inacción.
Esta premisa ignora la realidad operativa y macroeconómica de las ciudades globales contemporáneas: la era del despilfarro olímpico y de los elefantes blancos arquitectónicos, que históricamente han dejado deudas crónicas en el sur global, ha cedido paso a la optimización urbana.
La capital nacional no requería una refundación para albergar una justa compartida, sino una sincronización quirúrgica de sus flujos existentes, un reordenamiento de sus puntos de movilidad multimodal.
Junto con la estratégica definición de la Última Milla, instruida por la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, la reconfiguración integral del sistema de transporte representa la intervención de infraestructura más robusta de las últimas décadas. La renovación de las líneas medulares del Metro, la modernización de los sistemas de señalización y el robustecimiento de las redes de Trolebús Elevado y Metrobús constituyen la espina dorsal que absorberá el incremento del flujo humano durante el torneo.
El mantenimiento mayor y la interconectividad de los Centros de Transferencia Modal (Cetram) ha priorizado la redistribución del flujo en puntos clave que conectan el centro, el poniente y el sur de la ciudad.
La gestión del espacio público rumbo al torneo demuestra que una ciudad inteligente aprovecha la vitrina internacional para consolidar sus sistemas internos y reafirmar su carácter comunitario. Ahí está el verdadero marcador.
@guerrerochipres
