La inauguración del Mundial nos dejó sentimientos encontrados. Escuchar el Himno Nacional antes de un partido, ver a nuestra selección saltar a la cancha, sentir que millones de personas miran hacia nuestro país y hacia nuestra ciudad, inevitablemente nos mueve algo por dentro. El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de recordarnos quiénes somos cuando jugamos en equipo.
Porque cuando México sale a la cancha no solamente juegan once futbolistas. También juegan nuestras historias, nuestros esfuerzos cotidianos, la grandeza de una sociedad que trabaja todos los días para salir adelante. Juega la señora que abre su negocio al amanecer, el estudiante que cruza la ciudad para llegar a clases, el trabajador que pasa horas en el transporte público para sostener a su familia. Juega la solidaridad que aparece cuando alguien la necesita, la comunidad que se organiza en el barrio, la empatía que tantas veces demuestra nuestra gente.
Por eso emociona: nos recuerda que, a pesar de todo, seguimos sintiendo orgullo de ser mexicanos y de ser capitalinos. Pero también sería irresponsable ignorar la otra cara de la moneda. Mientras la fiesta ocupaba los reflectores, la realidad seguía ahí.
Las protestas legítimas de familias que buscan a sus seres queridos recordaron que hay heridas abiertas que no pueden ocultarse detrás de ningún espectáculo. Las inundaciones volvieron a afectar la movilidad de miles de personas precisamente el día de la inauguración. Los usuarios del Metro continuaron enfrentando obras que parecen no terminar nunca, retrasos y un sistema que sigue esperando la inversión que realmente necesita.
Al mismo tiempo, vimos recursos públicos destinados a obras cuya utilidad sigue siendo cuestionada por la ciudadanía. Proyectos de imagen urbana, intervenciones que privilegian la fotografía sobre la solución de problemas y obras que difícilmente responden a las necesidades más urgentes de quienes habitan esta ciudad todos los días.
La pregunta es inevitable: ¿hacia dónde lleva el gobierno a la Ciudad de México? Porque mientras millones de personas necesitan un transporte público más eficiente, calles seguras, vivienda accesible y servicios que funcionen, pareciera que las prioridades del gobierno están en otro lugar. Y cuando se señalan estas preocupaciones, la respuesta de algunos funcionarios ha sido la descalificación o la burla, cuando lo que se requiere es escuchar. Un funcionario de la ciudad incluso sugirió que, si algo molestaba, “no la hiciéramos de tos”. Una frase desafortunada que refleja distancia frente a problemas reales y una falta de empatía con quienes todos los días enfrentan las consecuencias de decisiones mal planeadas
Sin embargo, estos sentimientos encontrados también dejan una certeza. La Ciudad de México no son sus gobernantes ni sus errores. La Ciudad de México es su gente. Son quienes se levantan temprano para trabajar, quienes sostienen a sus familias, quienes hacen comunidad en sus colonias y quienes, incluso frente a las dificultades, siguen creyendo que las cosas pueden mejorar.
Así como el fútbol nace en las calles y en los barrios, también desde ahí se construye una nueva alternativa para la ciudad. Una alternativa que pone a las personas en el centro, que planea un Metro que funcione, espacios públicos dignos, vivienda, seguridad y una ciudad pensada para quienes la viven todos los días.
Gobernar una ciudad como la nuestra exige no descalificar a la ligera y más escucha seria. Exige entender que detrás de cada retraso en el Metro, de cada inundación, de cada delito, de cada obra mal ejecutada o de cada peso mal invertido, hay historias de personas que ven afectada su calidad de vida. Porque la verdadera victoria no es organizar un gran evento durante unas semanas, es construir una ciudad que funcione para su gente.