Durante semanas, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) convirtió el corazón político del país en su principal campo de batalla. Plantones, bloqueos y movilizaciones marcaron la vida cotidiana del Centro Histórico, afectando a miles de comerciantes, trabajadores y ciudadanos que vieron alterada su rutina por una protesta que, aunque legítima en sus demandas, terminó por aislarse de una parte importante de la sociedad.
Pero el pasado jueves ocurrió algo que difícilmente puede ignorarse. Mientras la CNTE mantenía presencia en las inmediaciones del Zócalo, cientos de miles de personas acudieron a celebrar el inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026 y el debut de la Selección Mexicana. La imagen fue poderosa: una plaza ocupada no por consignas ni barricadas, sino por familias, jóvenes y aficionados que decidieron apropiarse del espacio público para celebrar.
Los comerciantes de la zona lo interpretan de una forma contundente. Sergio Green, uno de los empresarios afectados por meses de movilizaciones, lo resumió con una frase que ha comenzado a resonar entre los locatarios del Centro Histórico: “el pueblo le pasó por encima a la CNTE”.
Más allá de la dureza de la expresión, el mensaje refleja un sentimiento que se ha acumulado en una de las zonas más castigadas económicamente por los bloqueos. Para muchos negocios, el Mundial representó no solo una fiesta deportiva, sino también una bocanada de oxígeno tras semanas de ventas desplomadas.
Las cifras ayudan a entender la magnitud del fenómeno. Según datos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, cerca de medio millón de personas participaron en las actividades relacionadas con la inauguración del Mundial en la Ciudad de México. De ellas, unas 300 mil abarrotaron la Plaza de la Constitución para seguir el partido entre México y Sudáfrica, mientras otras 200 mil acudieron a los distintos Fan Fest organizados en las alcaldías de la capital.
Lo significativo no es únicamente el número de asistentes. Lo verdaderamente relevante es el mensaje político y social detrás de esa movilización espontánea. A pesar de los llamados, las amenazas de boicot y la ocupación parcial del espacio público, la ciudadanía respondió ocupando las calles y el Zócalo con una lógica distinta: la de la convivencia, la celebración y el deseo de recuperar la normalidad.
La CNTE conserva capacidad de movilización y continúa siendo un actor relevante en la vida pública mexicana. Sin embargo, el Mundial dejó una lección que ningún movimiento social debería ignorar: cuando una protesta deja de conectar con la ciudadanía y comienza a afectar de manera prolongada a quienes dice representar, corre el riesgo de perder la simpatía popular.
El jueves pasado no desaparecieron los maestros ni sus demandas. Lo que ocurrió fue algo más simbólico: por unas horas, el protagonismo regresó a los ciudadanos que simplemente querían disfrutar de una fiesta colectiva. Y en una plaza históricamente acostumbrada a la confrontación política, la celebración terminó imponiéndose al bloqueo.
Quizá por eso los comerciantes del Centro Histórico no recuerdan ese día únicamente como la inauguración de un Mundial. Lo recuerdan como el día en que el Zócalo volvió a pertenecerle a la gente.
