Hay conversaciones que no sabemos cómo tener: aquellas que ocurren cuando alguien a quien amamos cambia y nos asusta no encontrar a la persona que recordamos en la memoria. Del otro lado, quien cambia tampoco sabe explicar que no se está yendo; lo que parece una pérdida es, en realidad, un movimiento interno que durante mucho tiempo no tuvo espacio. Este texto es un intento de nombrar esa herida.
Sé que te duele, porque me buscas en la persona que fui y ya no me encuentras ahí. Entiendo ese vértigo. Pero no me estoy apagando. Lo que presencias no es una disminución, sino un movimiento postergado. Durante más de 50 años viví hacia afuera: sosteniendo, resolviendo, trabajando y siendo la guerrera que la vida exigía. Esa forma de estar en el mundo nos trajo hasta aquí, pero ya no es la única posible.
Hoy estoy aprendiendo a vivir hacia adentro. Si me notas más callada o retirada, no es porque haya menos de mí, sino porque hay partes que, por primera vez, no están siendo forzadas a rendir. Hay algo que se acomoda con calma y no necesita justificarse.
Entiendo que mis decisiones actuales inquieten y no encajen en el molde de “seguridad” que otros tenían de mí. Pero mi tranquilidad ya no depende de cumplir expectativas. Elegir esta forma de estar —con sus riesgos y límites— no es un error. Es, por fin, una forma de pertenecerme. Hay momentos en la vida en que el papel de “la fuerte” deja de ser habitable.
No necesito que me salven ni que me devuelvan a quien fui. Lo que deseo es que, si pueden, se den la oportunidad de mirar sin buscar a esa persona del pasado, y se permitan encontrar a la mujer que está aquí hoy. No es mejor ni peor; es distinta.
Crecer también es esto: dejar de encontrarnos como antes y aprender, a veces con torpeza, a encontrarnos de nuevo. No tenemos que resolverlo todo de inmediato. Tal vez el amor, en esta etapa, consista en algo más silencioso: permitir que lo que no entendemos del todo pueda existir sin ser corregido.
Yo también estoy aprendiendo a habitar una forma distinta de ser madre, mujer y persona, más allá de los roles que me definieron tanto tiempo. No se trata de volver a ser quienes fuimos, sino de aprender, una y otra vez, a reconocernos en quienes vamos siendo.
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