Y he aquí que, una vez más —ahora en los EUA— el poder del voto hizo oscilar el péndulo hacia el otro lado.
Pareciera que no, pero la ciudadanía jamás perdona y no olvida nada, el efecto se dejó sentir en las urnas. Así como hace algunos años el mapa se pintó de rojo (color del parido Republicano) hoy lo hace de azul, no una marea sino un verdadero tsunami —según se expresa— azurro.
El efecto Trump terminará por afectar a todos los Republicanos que, seguramente en breve, como sucederá con la derecha brasileña, se van a ir separando y deslinando políticamente de Trump como de Bolsonaro —y también los otrora partidarios de Milei, Meloni y Le Pen—para poder reinventarse de otras formas.
El partido demócrata tiene que estar advertido, una vez más, que, si bien ahora vence en esta elección de medio tiempo, al odio implacable de la extrema derecha de Trump, con su MAGA, casi casi un nuevo KKK, fue justamente y en parte su propia incompetencia la que le permitió a Trump catapultarse, Joe Biden titubeó mucho en su gobierno y campaña hasta el final: cedió muy tarde la estafeta a una tibia y apagada Kamala Harris, ya que no hay uno sin lo otro, esto terminó de consolidar a un Trump corregido y aumentado.
En los dos casos la frustración que generó uno en la gente le fue permitiendo al otro la exacerbada ilusión, con la gente que finalmente abrió los ojos y salió a votar.
Hoy, los EUA enfrentan, como nunca, inflación, desempleo, junto a sus ya conocidos problemas de educación y salud, de infraestructura, mientras se están gastando el dinero que no tienen en tres grandes guerras y demás conflictos que se han creado como medio de distracción y lucro.
Por ello los demócratas, no sólo de ese país, sino del mundo entero, tienen una gran responsabilidad histórica en el crear realmente nuevas y mejores condiciones: ya no pueden simplemente decir que son mejores que los de extrema derecha, vanagloriarse en la supuesta superioridad moral, sino realmente demostrarlo.
El mundo pareciera no soportar más, la gente y sobre todo las nuevas generaciones, no hay que olvidarlo, no les interesa la simulación, el protocolo y la pose, sino las soluciones verdaderas, lo genuino.
El caso de Brasil es por demás paradigmático que no es para nada casualidad que se le esté tomando como ejemplo y modelo de una nueva manera de armar campañas políticas, sino que, como podrá verse en el cuarto mandato de Lula, en una forma inédita de ejercer las políticas públicas con responsabilidad social y con interés por el capital, los negocios y el marcado, ya que una cosa no está peleada con la otra. Pero el reto es inmenso, gigante, demostrar con hechos, a los partidarios y sobre todo a los no partidarios que se es realmente mejor en la práctica.
*El autor es psicoanalista, traductor y profesor universitario. Instagram: @camilo_e_ramirez

