La comida italiana tiene un lugar especial en el gusto de los mexicanos. Tal vez por esa capacidad de convertir una cena en un momento largo y relajado, donde las conversaciones fluyen entre copas de vino, platos al centro y aromas que inevitablemente remiten a la calidez del hogar.

Y si además el lugar tiene una atmósfera íntima, iluminación tenue y cocina hecha al momento, la experiencia se vuelve todavía más memorable. Eso ocurre en Onesto, una hostería ubicada en Virgilio 40, en el corazón de Polanquito, donde la sensación es la de haber encontrado uno de esos rincones que invitan a quedarse más tiempo del planeado.
El espacio combina elegancia relajada con detalles contemporáneos: madera oscura, tonos cálidos, mesas cercanas que conservan cierta intimidad y un horno de piedra que llama la atención al entrar al restaurante, recordando que aquí la pizza tiene un papel importante dentro de la experiencia.

La cena comienza con un carpaccio de betabel que sorprendió por su equilibrio. Fresco, delicadamente laminado y con ese juego entre lo terroso y lo cremoso que suele convertir a los ingredientes sencillos en algo sofisticado cuando están bien ejecutados. Fue una entrada ligera, perfecta para abrir el apetito sin saturar el paladar.

Después llegó la pasta frutti di mare, uno de los platos que mejor encapsula el espíritu mediterráneo de la noche. La pasta, cocinada al punto exacto, acompañada de mariscos de sabor limpio y una salsa que logra profundidad sin robar protagonismo al conjunto. Cada bocado transmite esa sensación reconfortante que solo ofrecen las recetas italianas bien hechas: generosas, aromáticas y pensadas para disfrutarse sin prisa.

La pizza mela e gorgonzola terminó por definir la experiencia. Preparada en horno de piedra, la masa tiene bordes ligeramente tostados y un centro suave, mientras el contraste entre el dulzor de la manzana y la intensidad salina del gorgonzola crea una combinación inesperadamente adictiva. Más que una pizza tradicional, se siente como uno de esos platillos que animan a seguir la sobremesa.

En la coctelería, la margarita Centinela aporta frescura y carácter desde el primer trago. Bien balanceada y sin exceso de dulzor, funcionó muy bien para acompañar tanto la entrada como la pizza.

Más tarde, la cena tomó un ritmo todavía más pausado con una copa de vino Giulio Straccali, un acompañamiento natural para la pasta y para la atmósfera envolvente del lugar.
El cierre llegó con una panna cotta delicada y sedosa, de textura impecable, que confirmó algo importante: en sitios como este, el postre no es un trámite, sino parte esencial de la experiencia.

En una zona donde abundan las opciones gastronómicas, Onesto apuesta por algo menos estridente y mucho más efectivo: una cena italiana que privilegia el detalle, el ambiente y el placer de compartir la mesa.
Ideal para una cita en pareja, para una conversación larga o simplemente para recordar por qué la cocina italiana sigue siendo una de las favoritas cuando se trata de celebrar la vida sin demasiadas complicaciones
