Opinión

Espejismo Digital o Realidad de Campo?

Columnista Héctor de Mucha
Columnista Héctor de Mucha /Cortesía

Hace poco me asaltó una pregunta que parece simple, pero que encierra el mayor dilema de nuestra era: ¿Qué impacta más en la percepción pública, lo que publicas en redes sociales o lo que haces en el día a día?

La respuesta lógica sería “lo que haces”, pero en el vertiginoso mundo de la comunicación política, la lógica suele ser la primera víctima. Hoy vivimos en una era donde la congruencia se ha vuelto el activo más escaso y, por lo tanto, el más valioso. Vemos figuras públicas y ciudadanos que construyen una identidad digital impecable, una narrativa de “perfección” y cercanía que, al contrastarse con la realidad de las calles, la economía o la convivencia diaria, se desmorona como un castillo de arena.

Esta trampa del formato es un fenómeno recurrente, especialmente por el uso de plataformas visuales y dinámicas por parte de quienes ostentan una responsabilidad pública. Es común escuchar a detractores descalificar gestiones enteras bajo el argumento de que el funcionario “es muy bueno haciendo videos”. La intención de esta narrativa es clara: reducir todo el trabajo de campo, las decisiones técnicas y la gestión administrativa a una simple pieza de entretenimiento de pocos segundos.

Aquí radica el peligro, pues si la comunicación se percibe únicamente como un ejercicio de imagen, le regalamos munición al adversario para que intente borrar el fondo usando la forma. Sin embargo, hay una contraparte: aquel que usa la red no como un set de televisión, sino como un eco de su trabajo real. Si el mensaje digital es la evidencia de una solución en la calle, el formato deja de ser superficial para volverse un testimonio de transparencia.


Mucho se ha dicho sobre cómo las redes sociales fueron el motor de esperanza para la campaña de Barack Obama en 2008. En aquel entonces, la red servía para que te conocieran; hoy, la red sirve para fiscalizarte. Ya no buscamos inspiración, buscamos pruebas. Por ello, cuando desde diferentes niveles de gobierno - sin importar colores o jerarquías - se publica una realidad institucional que choca frontalmente con el bolsillo o el sentimiento de seguridad del ciudadano, el contrato comunicativo se rompe. La incongruencia genera algo peor que el olvido: genera coraje y una profunda erosión de la confianza. Una verdad a medias en el mundo digital se convierte en una mentira absoluta en la realidad cotidiana.

Pero no toda la carga es de quien emite el mensaje. Como sociedad, tenemos la urgencia de aprender a pensar por nosotros mismos. En esta guerra de opiniones y percepciones, donde los ataques suelen basarse en la simplificación y el prejuicio, el ciudadano debe ser un analista crítico. Debemos entender que lo que vemos en la pantalla es un recurso informativo, no la realidad completa. La honestidad digital no debería ser una opción estética, sino una extensión de lo que se suda en la jornada diaria.

La pregunta original persiste: ¿Qué impacta más? Al final del día, lo que realmente trasciende es la “fricción”. Si lo que publicas y lo que haces no coinciden, el resultado es una explosión de desconfianza. En un momento donde la percepción parece dictar sentencias antes de que se presenten las pruebas, la única defensa es la congruencia.

No importa cuántos “likes” acumule una publicación si al salir a la calle la realidad nos da un bofetón. En este sistema donde Todo Comunica, la verdad no necesita filtros, y la narrativa, por más atractiva que sea, siempre termina por perder el ritmo si no tiene los pies bien puestos en la tierra.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Publimetro.

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