Hubo una época en que la frase en inglés “los datos son el nuevo petróleo” sonaba a eslogan de feria tecnológica. Parecía un cumplido al progreso. Hoy, después de leer La dictadura de los datos de Brittany Kaiser, descubrí el truco de la frase.
Kaiser fue directora de desarrollo de negocios en Cambridge Analytica y después terminó convertida en whistleblower. El libro que escribió es prácticamente una confesión. Y en el fondo de esa confesión hay una idea que debería preocuparnos de a de veras: la manipulación política más eficaz de nuestra época no ocurrió en silencio, dentro de un servidor, con nuestros propios datos como materia prima. A la gente no la convencieron. La fueron perfilando poco a poco. Y una vez perfilada, la empujaron hacia donde convenía.
Ahí se cae un mito. Durante mucho tiempo entendimos la libertad de expresión como el derecho a decir lo que uno piensa. Pero el problema ya no es lo que se dice. Lo que está en juego es lo que te hacen ver antes de que lo pienses.
George Lakoff —autor a quien recurro mucho— dice que quien controla el marco, controla la conversación. Lo que Kaiser documenta es el siguiente paso de ese argumento: en la era de los datos, el marco dejó de ser público. Ya no hay una narrativa compartida que podamos discutir. Hay millones de narrativas a medida, una para cada usuario, diseñadas a partir de sus miedos, sus inseguridades y sus clics a las tres de la mañana.
Jung hablaba de los arquetipos como el suelo común que nos permite reconocernos entre extraños. ¿Qué queda de ese suelo cuando cada persona habita un ecosistema informativo distinto, calibrado para confirmar sus propios sesgos? Una multitud que cree estar de acuerdo consigo misma porque nunca se topa con nada que la contradiga. Fragmentación planeada.
Y aquí es donde el debate público se está tropezando. Apenas alguien propone regular la inteligencia artificial o el uso masivo de datos, aparecen dos reflejos automáticos: los que gritan “censura” y los que gritan “libertad”. Los dos están discutiendo la pregunta equivocada.
Regular el uso de datos no tiene nada que ver con limitar lo que tú puedes decir. Tiene que ver con limitar lo que otros pueden hacer contigo sin que tú lo sepas. Son cosas distintas. Desde la psicología política: persuadir y manipular no son lo mismo. Persuadir apela a tu conciencia; manipular la evade.
Lo que Kaiser vivió fue el uso de datos personales para anticipar emociones y decisiones, e intervenir sobre ellas sin que el ciudadano tuviera la menor idea de estar siendo intervenido. Si eso no es un problema de libertad, no sé qué lo sería.
La paradoja es que defender una libertad absoluta en el uso de los datos termina erosionando la libertad individual. Porque si alguien puede modelar lo que piensas antes de que lo pienses, tu “opinión libre” termina siendo un autoengaño. Lo que llamamos libertad de expresión se vuelve inútil cuando lo que está en juego es la libertad de decisión.
Regular, entonces, no es decidir qué se puede decir. Es obligar a que los procesos sean transparentes, a que sepamos cuándo nos están perfilando, con qué datos y para qué. Es poner reglas al laboratorio, no al que lo opera.
La pregunta que Kaiser deja flotando no es si la tecnología es buena o mala. Esa discusión ya aburre. La pregunta es quién escribe las reglas del juego. Si no lo hace la democracia —imperfecta lo hará el mercado. Y si no el mercado, quien acumule más datos. Para el ciudadano de a pie, ninguna de las dos salidas es buena.
Los datos ya saben demasiado: qué compras, con quién hablas, qué te desvela, qué te emociona y, sobre todo, cómo se te puede mover. La pregunta ya no es si hay que poner límites. Es si vamos a ponérselos nosotros antes de que alguien más lo haga por nosotros.
