Querétaro

Brujería en el siglo 18: la UNAM publica expedientes de la Inquisición

Desde huesos de muerto, hasta nahuales, de esto y más tratan los casos difundidos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en su Catálogo Razonado de Expedientes Virreinales. A través del Archivo Histórico Casa de Morelos y el Instituto Nacional de Bellas Artes, el repositorio ofrece 59 registros ocurridos en Michoacán, Guanajuato, San Luis Potosí, Guerrero, Colima y Jalisco, mismos que conservaba el antiguo obispado de Michoacán en la Inquisición. Aquí se cuentan tres historias registradas por el Santo Oficio.

Expedientes UNAM
Expedientes UNAM

“Bolsa con huesos de muerto para evadir a la justicia”

El 18 de marzo de 1794, en Acámbaro, Guanajuato (Gto.), María de Jesús Borja y Valenzuela denunció a María Gertrudis Malagón, vecina de Jerécuaro, Gto., por afirmaciones y prácticas de hechicería. Declaró que la acusada afirmó que un sacerdote de Querétaro explicó que, si un hombre insistía en tener relaciones sexuales al estar “provocado” por el “vicio de la lujuria”, la mujer debía aceptar para “no exponerlo a que cometiese el pecado de bestialidad, que era peor”.

También agregó que Gertrudis Malagón sostenía que “una mujer había concebido y parido sin obra de varón”, y que saltaba de la cama al oír un pájaro saltapared porque lo tomaba como una señal adversa. Por todo eso, fue advertida y reprendida. El 26 de marzo del mismo año, María de Jesús corroboró su declaración ante el comisario del Santo Oficio, al afirmar que era verdad y que no procedía por odio, “sino por descargo de su conciencia”.

El 27 y 28 de junio, el resto de la familia Borja declaró haber escuchado a Gertrudis Malagón que cargaba “huesos de muerto” en una bolsa “para que no se le siguiera perjuicio” o un daño. Ante ello, María Crecencia Macueco, esclava de la familia Borja, manifestó “se los había sacado de la bolsa una tarde” en “que juntas habían ido a lavar ropa al rio que corre” junto al pueblo, mientras la acusada se había “descuidado en dejar las naguas en que los cargaba”.


El 3 de julio, el comisario ordenó enviar las declaraciones al Santo Tribunal de la Inquisición de Nueva España para que “decrete y mande lo que sea de su superior agrado, y más conveniente al servicio de Dios nuestro señor”.

Escudo
Escudo

“Hechiceros nahuales”

El 7 de mayo de 1737, en Pénjamo, Gto., Antonio López, de casta “india”, acusó a Mariana Gallegos, de 44 años y de la misma casta, de haberlo privado del “uso conjugal del matrimonio” y de causarle enfermedades por artes diabólicas. Señaló que ya había sido procesada por el cura Pedro Fernández de Agreda, pero huyó de prisión, por lo que pidió reabrir el caso y que se recogieran testimonios para remitirla “presa a la cárcel eclesiástica”. A ello, el obispo de Catharina del Valladolid solicitó información y, de resultar culpable, ordenaría aprehenderla y embargar sus bienes.

Para el 21 de mayo, Juan Manuel de Villanueva declaró que la acusada, junto a Ignacio Chávez, de Santiago Conguripo, Michoacán (Mich.), confesó que ambos habían maleficiado a Antonio. Además, le hallaron “unos hilos envueltos en palitos” y una pieza de plomo. Añadió que se rumoraba que entraron de noche a su casa, “uno en traje de coyote y otro en traje de guajolote”, y que, al mismo tiempo, Antonio enfermó. Por su lado, Bernardo Sánchez de Prado, español de 37 años, aseguró que era público que el afectado quedó “sin señal de genitales” y que la acusada tenía una “monterilla de plomo” que le provocaba sudores.

El 4 de junio, Miguel Camarillo, mulato libre de 40 años, declaró que Ignacio le confesó: “tenemos a Antonio López maleficiado, yo y Mariana Gallegos”, y que ambos se transformaron en animales para entrar a su casa. Afirmó haber visto al enfermo sin genitales, y que la gente decía que la mujer había causado algunas muertes.

Provisorato
Provisorato

Amistades ilícitas

Ese mismo mes, la acusada negó usar artes diabólicas, admitió una “amistad ilícita” con Antonio y aclaró que sus confesiones anteriores fueron por miedo a azotes. Relató que fue encadenada, azotada y asegurada en un aposento, del que abrió la puerta al invocar a “san Antonio y a nuestra señora de Zapopan”. También afirmó que “tuvo dos actos carnales” con Ignacio Chávez “antes de verlo sin ojos”. Sin embargo, él “la tomó de la cintura”, y ella se resistió, por lo que Ignacio, “enojado porque no tuvo acto carnal, le dijo que se vengaría”.

El 8 de junio, Ignacio declaró que descubrió a Mariana cuando preparaba un muñeco para dañar a Antonio López, así como transformarse en coyote para entrar a su casa, aunque negó haber participado y rechazó tener pacto con el demonio. No obstante, admitió tener una “amistad ilícita” con ella. Como respuesta, el juez ordenó encerrar a Ignacio en la cárcel con “un par de grilletes”; y a ella, asegurarla en “un aposento del hospital del pueblo”, y remitió el caso al provisor episcopal, el Bachiller Joseph Lazo de la Vega.

En septiembre, autoridades de Puruándiro, Mich., recibieron orden de reaprehender a Ignacio, quien había sido liberado sin autorización. Sin embargo, varios vecinos afirmaron que nunca lo vieron practicar hechicería y que era asistente regular a la iglesia. Por lo tanto, el provisor ordenó liberarlo por falta de pruebas directas, y que su anterior detención solo había sido por quedarse en casa de Mariana Gallegos, quien continuó encerrada.

“Manuela Chavira, negra presa por hechicera”

En octubre de 1762, en la villa Valladolid, el provisor del obispado ordenó la declaración de María Manuela Chavira, “negra libre” de 28 años, sirvienta y “doncella”, recluida desde 1750 en la Casa de Recogidas por acusación de hechicería. La mujer declaró que su encierro fue cuando Margarita de Alvarado, del territorio agropecuario de Arindeo, cerca de Tarímbaro, Mich., la acusó de haberla hechizado.

Sostuvo que la enfermedad de su amo, Thomás Ortiz, ya existía antes de que ella entrara a servir, pero confesó porque el alcalde Crespo la amenazó con “ahorcarla en un árbol”. Dijo que le hicieron señalar “una penca de maguey rayada” con figuras, y aceptar que allí estaban pintados su amo y un criado llamado Mathías, pero afirmó: “no hay tal, ni entiendo de semejantes maleficios”. Añadió que ambos hombres murieron, por lo que creyeron que ella los había matado mediante un hechizo.

El 9 de noviembre de 1762, Margarita declaró que la acusada “confesó, voluntariamente” tener “maleficiado” a su marido, Thomás Ortiz, por despecho amoroso. Relató que le encontró un “monito de cera que dijo ser la diabla” y pencas de maguey con figuras humanas y del demonio. Aseguró que la sirvienta explicó que aprendió hechicería en una cueva de Tacámbaro, Mich., donde el demonio le entregó “un monito de cera”; y que, tras su arresto, su marido cayó de su cama, “se quebró el celebro” y murió.

“Voluntaria permanencia y sujeta a una vida arreglada”

Ese mismo día, Buenaventura Villalón, cuñado del difunto, confirmó que María Manuela Chavira admitió, sin amenazas, haber enfermado a Thomás “por haberla burlado” y “tener ligado” a Mathías. Dijo que, delante de testigos, ella señaló figuras del demonio y explicó cómo las pinchaba “con un alfiler o con una espina” para causarles dolor. Los testigos Gabriel de Chávez y Juan Manuel de Silva avalaron tales acusaciones.

El expediente fue remitido al Santo Oficio en diciembre de 1762. El “inquisidor fiscal” sostuvo que, aunque la confesión podía ser falsa, el solo hecho de declarar pacto con el demonio constituía delito y ordenó mantenerla recluida mientras se investigaba su conducta. En marzo de 1763, “el comisario Valladolid” informó que, durante doce años de encierro, había mostrado “devoción regular, y ninguna repugnancia a rezar, oír misa, confesar y comulgar”, y no se le notó “señal alguna supersticiosa”.

Con base en ello, el 14 de abril, los inquisidores ordenaron su libertad por falta de pruebas suficientes, con la advertencia de abstenerse de supersticiones y de no volver a Tarímbaro, ni a Arindeo. El 22 de abril, quedó libre. El fiscal interpretó su encierro de 12 años como “voluntaria permanencia y sujeta a una vida arreglada y con entera subordinación”, por lo que “es del todo incompatible con la profesión y delito que se le imputó”; aunque sí compatible con “haber aparentado y fingido que había concurrido y cooperado a la enfermedad de su amo”.

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