Palacio Nacional se ha convertido en una ventanilla de atención única. Parece que la presidenta tiene que resolverlo todo, con un gobierno que no jala para el mismo lado, al menos no para el lado de ella.
El último caso es el de las protestas de trabajadores del IMSS que salieron a las calles para reclamar condiciones laborales, medicamentos, insumos y plazas. Sheinbaum terminó reconociendo que existen “demandas legítimas” y salió a verificar el abasto de medicamentos. Parece que para algunos funcionarios los problemas solo existen cuando llegan a la conferencia presidencial.
Hasta ahí se podría pensar: ‘¿y cuál es el problema? Para eso está la presidenta, para intervenir en una crisis’. Pero gobernar no se trata de ir de crisis en crisis y resolver cuando ya hay una marcha en Reforma. Gobernar es evitar que el problema llegue hasta ahí; de lo contrario, se va gastando la autoridad presidencial.
Y el IMSS no es un tema aislado. Ahí están las inconformidades de maestros, agricultores, transportistas y jubilados. Muchas reuniones y muchas pláticas que no siempre evitan movilizaciones, bloqueos y conflictos. O sea que hay mucho diálogo, pero las soluciones llegan mal y tarde. Como si la única autoridad para resolver fuera la presidenta.
La OCDE, en su informe Panorama de las Administraciones Públicas 2025, subraya la importancia de la capacidad de respuesta institucional para la confianza ciudadana. De poco sirve tener una estructura enorme si los ciudadanos no encuentran soluciones en las oficinas que deberían atenderlos.
Otro ejemplo lo vemos en Querétaro con las obras federales de la carretera 57. Ciudadanos afectados acudieron a la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes y, ante la falta de respuestas, plantearon reclamar directamente a Sheinbaum durante una visita. La escena parece menor, pero explica el fenómeno: lo que debió resolverse administrativamente termina convertido en un asunto presidencial.
Hay una paradoja: cuanto más se concentran las decisiones, más fácil resulta que los funcionarios esperen instrucciones en lugar de asumir responsabilidades. Y cuando la gente descubre que para ser escuchada tiene que hacer ruido, el propio gobierno termina elevando el costo político de cada conflicto.
Críticos de López Obrador decían que prefería lealtad antes que capacidad. Hoy la pregunta es si el gabinete tiene margen y oficio para decidir sin consultar cada paso. Gobernar también es dialogar, anticiparse y construir acuerdos; no basta con tener mayorías legislativas.
La presidenta quiere estar en todo, pero su equipo no parece ayudarla. ¿Para qué existe una estructura de intermediación política si, después de tantas mesas, hay que regresar a ella para destrabar cada asunto?
En política, lo que no se atiende a tiempo termina saliendo más caro. Un buen equipo no es el que lleva todos los problemas a su jefa, sino el que sabe resolverlos. Porque el riesgo de vivir apagando incendios no es solo desgastar a la presidenta: es acostumbrar al resto del gobierno a no gobernar.

