El polvo que se acumula en salas, recámaras y cocinas de los hogares mexicanos no es un simple “sucio” doméstico: es un cóctel de metales pesados que, en promedio, resulta más tóxico que el registrado en ciudades de Europa como Londres o Madrid. Así lo advierten investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quienes documentaron que, en algunos casos, la contaminación es incluso mayor dentro de las casas que en la calle.
De acuerdo con especialistas del Laboratorio Universitario de Geofísica Ambiental (LUGA), en Morelia y en la Ciudad de México se detectaron concentraciones elevadas de manganeso, níquel, cobre, zinc, antimonio y plomo en muestras de polvo doméstico obtenidas en 14 entidades del país. Los resultados del estudio, publicados en la revista científica Indoor Air, colocan al polvo mexicano como “campeón mundial en toxicidad” frente a otras naciones.
Los científicos alertan que este tipo de exposición no es un asunto menor de limpieza, sino un problema de salud pública: el polvo entra por la respiración, por la boca y por contacto con la piel, con efectos potenciales en pulmones, sistema nervioso, hormonas y desarrollo infantil.

¿Qué encontraron en el polvo dentro de las casas mexicanas?
El equipo encabezado por Francisco Bautista Zúñiga, del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental (CIGA), y Avtandil Gogichaishvili, del Instituto de Geofísica, Unidad Morelia, analizó polvo urbano desde hace varios años en calles y hojas de árboles. Sin embargo, a partir de la pandemia de COVID-19 decidieron mirar hacia adentro de los inmuebles, donde pasamos más tiempo y donde la evidencia era casi inexistente.
En muestras de Ciudad de México y Morelia, concentraciones de metales pesados al exterior alcanzaron, por kilo de polvo, hasta 866 miligramos de manganeso, 49 de níquel, 116 de cobre, 527 de zinc, 28 de antimonio y 118 de plomo. La sorpresa llegó cuando midieron lo que estaba dentro: los niveles resultaron aún más altos, con 680 miligramos de manganeso, 62 de níquel, 386 de cobre, 1221 de zinc, 30 de antimonio y 213 de plomo por kilo.
Los investigadores explican que parte de esa contaminación entra desde el exterior, pero otra se genera dentro de las propias viviendas por el desgaste de paredes, pinturas, muebles de madera barnizada, plásticos y otros materiales de uso diario, que con el tiempo se convierten en polvo fino que termina sobre pisos, cortinas y superficies.

Por qué el polvo mexicano es “campeón mundial” en toxicidad
El grupo de la UNAM comparó sus resultados con mediciones similares realizadas en España, Corea del Sur, Nueva York y ciudades del Reino Unido. A partir de esos ensayos, concluyeron que el polvo urbano de la Ciudad de México llega a ser hasta tres veces más contaminante que el de varias urbes británicas.
Entre las razones, los especialistas mencionan la combinación de fuentes industriales, tráfico vehicular intenso, combustibles fósiles, uso extendido de gas LP para cocinar y materiales de construcción que todavía contienen compuestos como cadmio o arsénico en barnices y recubrimientos.
A esto se suma la propia dinámica de las casas mexicanas: cocinas con alta actividad, estufas de gas, ventanas que permanecen abiertas en avenidas transitadas y mantenimiento limitado de paredes o muebles, lo que incrementa el desprendimiento de partículas. De acuerdo con los científicos, todo esto convierte al polvo doméstico en un vehículo eficiente de metales pesados dentro de los hogares.

¿Cómo daña el polvo al cuerpo humano?
Los investigadores advierten que existen tres vías principales de ingreso de estos contaminantes al organismo: oral, respiratoria y por contacto dérmico. Es decir, las personas pueden tragar pequeñas cantidades de polvo al comer o beber, inhalarlo al respirar y absorberlo a través de la piel, especialmente si caminan descalzas o se sientan directamente en el suelo.
En el caso de los metales pesados identificados en las muestras, los riesgos incluyen irritación y daño en vías respiratorias, alteraciones neurológicas, efectos sobre el hígado y los riñones, así como impacto en el sistema endocrino. El antimonio, por ejemplo, proviene en buena medida del deterioro de plásticos y se ha relacionado con la alteración de hormonas vinculadas con el desarrollo y las características sexuales.
Niñas y niños, los más vulnerables
Aunque toda la población está expuesta al polvo, niñas, niños y bebés son los más vulnerables. Por su estatura, pasan más tiempo cerca del suelo, gatean, juegan directamente sobre tapetes o pisos y suelen llevarse las manos o los juguetes a la boca, lo que aumenta el contacto dérmico y oral con las partículas contaminadas.
En el contexto mexicano, donde muchas viviendas se ubican cerca de avenidas muy transitadas, zonas industriales o corredores de transporte público, el polvo que entra a las casas puede mezclar residuos de frenos, combustibles, suelos contaminados y materiales de construcción envejecidos.

¿Qué recomiendan hacer en casa?
Lejos de generar alarma, los investigadores insisten en que hay medidas concretas que pueden ayudar a disminuir el riesgo. La primera es reforzar la limpieza dentro de los hogares, con énfasis en pisos, muebles, ventanas y cortinas, que actúan como una primera línea de defensa frente al polvo que viene de fuera.
También sugieren revisar periódicamente el estado de las paredes, la pintura y los muebles de madera barnizada. Cuando estos materiales se descascaran o se cuartean, liberan partículas que terminan en el ambiente interior. Mantenerlos en buen estado y evitar que pierdan su recubrimiento reduce la cantidad de polvo contaminado.
Otra recomendación es incorporar plantas en jardines o ventanas, ya que ayudan a atrapar parte de los metales pesados y otros contaminantes presentes en el aire. Asimismo, tomar hábitos como cambiarse los zapatos al entrar a la casa y sacudir con mayor frecuencia tapetes, persianas y textiles contribuye a limitar lo que se acumula dentro.
