En la Ciudad de México, el día no empieza cuando suena la alarma. Empieza cuando logras entrar al Metro.
Empieza cuando te empujan para subirte a un vagón que ya va lleno, cuando el tren se detiene entre estaciones sin explicación, cuando el tiempo deja de ser tuyo y pasa a depender de un sistema que no responde. Para millones de personas, moverse en la ciudad no es rutina: es resistencia.
Y eso no debería ser normal.
Hoy, entrar al Metro —especialmente en líneas como la 2— se ha vuelto una experiencia de incertidumbre. Obras a medias, pasillos cerrados, señalización inexistente y fallas constantes. Estaciones como Allende, Bellas Artes, Zócalo o Hidalgo parecen laberintos improvisados. No hay claridad, no hay orden y, sobre todo, no hay certeza.
No es mantenimiento. Es improvisación.
El problema no es menor. El Metro mueve a más de 4.5 millones de personas al día. Es la columna vertebral de la ciudad. Cuando falla, no solo se retrasa un tren: se descompone la vida de millones. Se pierden horas de trabajo, se llega tarde, se cancelan citas, se altera toda una rutina.
Y no son hechos aislados.
Ahí están las fallas recientes: la Línea 3 detenida por una falla eléctrica que obligó a evacuar usuarios entre estaciones, el flamazo en Salto del Agua, los retrasos constantes, los trenes detenidos. Y cuando el Metro falla, la alternativa tampoco alcanza: el RTP es insuficiente para cubrir una demanda de ese tamaño.
El resultado lo vive la gente todos los días: filas interminables, estaciones saturadas, traslados que se duplican. No es percepción. Es un patrón.
Y ese patrón tiene una causa: falta de inversión y falta de planeación.
Se estima un déficit de al menos 27 mil millones de pesos en mantenimiento. Eso no se genera de un día para otro. Es el resultado de años de decisiones equivocadas, de priorizar lo visible sobre lo funcional, de apostar por obras que lucen en lugar de sistemas que sostienen la ciudad.
Mientras el Metro se cae a pedazos, se invierten miles de millones en proyectos como la llamada Calzada Flotante en Tlalpan. Una obra que no ha resuelto la movilidad y que, por el contrario, ha generado cierres, tráfico y más problemas para quienes viven y transitan por la zona.
La contradicción es brutal: arriba se construye para la foto, abajo se abandona lo esencial.
Y esa decisión ya tiene consecuencias. No solo en dinero. En tiempo, en calidad de vida, en desgaste diario. En desigualdad.
Porque quien tiene opciones esquiva el problema. Quien no, lo padece todos los días.
Frente a esta realidad, la respuesta del gobierno es reveladora. Se habla de trabajo a distancia, de suspender clases durante el evento que viene. Suena bien, incluso deseable. Pero en el fondo dice algo más preocupante: no hay condiciones para que la ciudad funcione.
No es una solución. Es una forma de esquivar el problema.
Y como si fuera poco, se ha intentado normalizar la crisis. Se dice que fallas hay en todos los sistemas del mundo. Sí, claro. Pero una cosa es un incidente aislado, y otra muy distinta es vivir todos los días con retrasos, saturación y fallas constantes.
Cuando el problema se vuelve “normal”, se deja de corregir.
Las y los capitalinos solo estamos sobreviviendo la ciudad.
Porque el Metro no es un lujo. Es el sistema que permite que la ciudad funcione. Es el transporte de quienes sostienen esta ciudad todos los días. Y tratarlos como si pudieran adaptarse a cualquier falla es, en el fondo, dejar de gobernar para ellos.
Esto no es destino. Es consecuencia.
Y también puede ser solución.
La ciudad necesita dejar de reaccionar y empezar a planear. Invertir en mantenimiento, no en maquillaje. Recuperar la operación del Metro, transparentar su estado real y poner al transporte público en el centro de las decisiones.
Pero, sobre todo, necesita algo más básico: entender a quién le está fallando.
Gobernar una ciudad no es prepararla para un evento. Es hacerla funcionar todos los días.
Y hoy, para millones de personas, la Ciudad de México solo está en modo sobrevivencia.
