En Querétaro no hace falta buscarle mucho para ver que la política anda con todo en la calle: sales a caminar tantito y te topas con bardas, espectaculares, nombres, frases y colores por todos lados. Algo que no desapareció ni creo que desaparezca, porque la calle sigue siendo el espacio más natural para hacer política, darse a conocer e intentar entrar en la conversación pública.
Y ojo, como ya lo he dicho antes, no todo eso es ilegal. Para eso existen reglas, autoridades y mecanismos de denuncia cuando alguien considera que se cruzó una línea.
La cuestión es que ahora la campaña también se metió a tu celular.
Y ahí la cosa cambia.
Porque una barda, sabes que es barda. Un espectacular, sabes que es espectacular. Un volante lo ves y entiendes que alguien quiere convencerte de algo. Pero en el celular no siempre es tan claro: te llega un meme, un video, un audio filtrado, un comentario repetido, una página rara, una encuesta o un mensaje que alguien manda al grupo familiar con el clásico “no sé si sea cierto, pero por si acaso”.
Seguro te ha pasado.
Y es justo ahí donde vale la pena poner atención, porque la propaganda ya no solo quiere que la veas en una avenida; también quiere aparecer cuando estás revisando WhatsApp, esperando en el coche, abriendo Facebook, viendo TikTok o leyendo algo que parece noticia, aunque nadie sepa bien de dónde salió.
La política entendió algo muy simple: buena parte de nuestra vida ya pasa en una pantalla.
Y si nuestra atención está ahí, la campaña también va a intentar entrar por ahí.
También hay que decirlo: no todo lo digital es malo. Las redes pueden servir para informar, explicar propuestas, conocer perfiles y acercar la política a personas que antes ni la pelaban. El problema no es usar internet, inteligencia artificial u otras tecnologías; el problema es usarlas para desinformar, fabricar cuentas falsas, mover rumores como si fueran noticias, editar audios o ponerle cara de verdad a una mentira.
Eso deja de ser debate.
Porque si ves cien comentarios iguales, puedes pensar que toda la gente está diciendo eso. Pero a veces no es ciudadanía organizada, sino una estrategia coordinada para simular apoyo, enojo o rechazo. Si te llega un audio escandaloso, puede sonar a prueba, pero a veces es edición. Y muchas campañas digitales no buscan convencerte con argumentos, sino prenderte el coraje para que tú mismo hagas el trabajo de compartirlas.
Hoy ya no todos vemos la misma campaña.
La tecnología permite mandar mensajes distintos según la edad, los gustos, los miedos, el lugar donde vives o hasta el tipo de contenido que consumes. Mientras una persona ve propuestas de seguridad, otra recibe mensajes sobre apoyos sociales, y otra más contenido diseñado para generar enojo o miedo. Todo al mismo tiempo. Todo desde el mismo celular.
Rumbo a 2027 vamos a ver campañas en todos lados: en la calle, claro, con bardas, espectaculares, eventos, bailes, recorridos y cruceros, pero también en los grupos de WhatsApp, en los memes, en los videos cortos, en publicaciones que parecen espontáneas y en anuncios que solo le aparecen a cierto tipo de personas.
Y ahí hay otra diferencia importante: muchas veces ni siquiera sabemos quién está detrás.
Porque una cosa es una persona opinando libremente. Otra muy distinta es una maquinaria digital pagada haciéndose pasar por ciudadanía.
Por eso necesitamos una nueva defensa ciudadana. No es complicada, pero sí exige tantito compromiso: no compartir en caliente, preguntar de dónde salió algo, revisar quién lo publica, pensar quién gana, no confundir lo viral con lo verdadero.
Porque hoy el primer filtro ya no está en una autoridad ni en una plataforma.
Está en el dedo que decide si comparte o no comparte.
Y aquí va el ribete institucional, nada más para no dejarlo suelto: si detrás de una campaña digital hay dinero, pauta, bots o cuentas coordinadas, eso también debe tener reglas y transparencia. La conversación pública se distorsiona cuando no sabemos si estamos viendo opiniones auténticas o estrategias diseñadas para influir artificialmente en la percepción social.
La pregunta es sencilla: si alguien quiere influir en lo que ves, escuchas o compartes, ¿no deberías saber quién está detrás?
La democracia también se cuida en la pantalla.
Se cuida cuando no nos dejamos llevar por el primer audio, el primer meme o el primer video que nos prende el coraje. Se cuida cuando hacemos una pausa antes de compartir algo que quizá fue diseñado precisamente para eso: para reaccionar antes de pensar.
Porque la campaña de hoy ya no solo toca la puerta ni se pinta en una pared.
Ahora también vibra en tu bolsillo.
Cuando entiendes el sistema, dejas de ser rehén de él.
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