La cumbre del G7 se mudó por unas horas del lenguaje frío de los acuerdos al brillo del oro, los espejos y la monarquía francesa, en referencia a una lujosa recepción al presidente estadounidense, Donald Trump, en el Palacio de Versalles.
Emmanuel Macron, presidente de Francia, abrió el Palacio de Versalles para recibir al presidente de Estados Unidos, en una cena privada que fue presentada como parte del 250 aniversario de la Independencia estadounidense, pero que también funcionó como una maniobra diplomática para mantener cerca al mandatario republicano.
Nada mejor para atraer la atención de Trump como entrar por la puerta grande al palacio de Luis XIV, recorrer la Galería de los Espejos, jardines imperiales y siglos de poder francés.

La reunión no apareció como un acto cualquiera del G7 en Francia, los gobiernos de Estados Unidos y Francia habían anunciado una cena de Macron y Trump en Versalles, programada después del tramo central de la cumbre en Évian-les-Bains.
Escenario inmejorable
Según versiones, el presidente estadounidense planteaba retirarse rápido de la cumbre del G7, pero esta recepción lo habría convencido de quedarse, incluso se considera que la jugada de Macron tuvo un efecto práctico.
Según esto, la invitación ayudó a evitar que Trump abandonara antes de tiempo la cumbre, como ocurrió el año anterior en Canadá; el propio presidente estadounidense dijo que pensó en irse antes, hasta que fue invitado por “un hombre muy agradable” a cenar.
Macron ya había dicho a la cadena francesa TF1 que Trump necesitaba quedarse hasta el final para ayudar a cerrar acuerdos de la cumbre, lo que implica que Versalles no fue únicamente una postal turística, sino una herramienta de presión suave.
Francia no tiene el mismo peso económico o militar que Washington, pero tiene historia, símbolos y palacios, y Macron usó todo eso.
Oro, espejos y poder blando
El Palacio de Versalles fue residencia de reyes franceses desde Luis XIV hasta Luis XVI, y suele recibir a jefes de Estado y dignatarios extranjeros.

La oficina de Macron describió la cena como un símbolo histórico de amistad franco-estadounidense, ligado al aniversario de la independencia de Estados Unidos.
Y esto funcionó para llamar la atención de Trump, sobre todo luego de que The Guardian recordó que el mandatario ha mostrado fascinación por la arquitectura monumental, la estética dorada y los espacios asociados al poder, además de haber tomado inspiración de Versalles para el salón de baile de Mar-a-Lago.
Se puede decir que la Galería de los Espejos, con sus reflejos multiplicados y su carga histórica, funcionó como escenario perfecto para un presidente que entiende la política como imagen.
Críticas a Macron
No todos aplaudieron el gesto, la prensa europea reportó críticas de la izquierda francesa, que acusó a Macron de ir demasiado lejos en su intento de halagar a Trump.

Fabien Roussel, líder del Partido Comunista Francés, calificó la invitación como “muy ingenua” y “obsequiosa” en particular porque ambos mandatarios han tenido choques por aranceles, vino francés, impuestos digitales, Ucrania e Irán.
Aun así, el presidente francés decidió recibirlo con una de las cartas más potentes de la diplomacia francesa: Versalles.
El problema es que la pompa no siempre se traduce en resultados, Trump ha sido halagado antes con grandes ceremonias en Francia, China y Reino Unido, pero esas recepciones no siempre generaron concesiones políticas duraderas.
Esta vez las diferencias siguen sobre la mesa, Macron necesita que Estados Unidos permanezca comprometido con Ucrania, mientras Trump intenta presentar avances sobre Irán y amenaza con aranceles contra productos franceses.
Basta mencionar que antes del G7 el presidente estadounidense advirtió que podría imponer aranceles de hasta 100% al vino francés si París no retiraba un impuesto digital.
Versalles regaló una imagen poderosa, y ahora falta ver si también le dio a Macron margen real frente a Trump.
